Poesía

La poesía abría todos los números de Adamar. No es un detalle de maquetación: en el sumario de cada entrega, desde el primero hasta el último que se conserva, la sección de poesía va primero y las demás van detrás. Una revista que se llama Adamar —amar con vehemencia— y que empieza siempre por el poema está diciendo dónde tiene el centro.
Cuatro o cinco poetas por número
La sección era breve por convicción. Los índices recuperados de los números 13 a 24 muestran una regularidad casi invariable: entre cuatro y cinco entregas poéticas por número, cada una firmada, cada una con título propio. No había antologías, ni dosieres, ni números monográficos de veinte firmas. Había cuatro o cinco poemas y se leían.
Esa contención tiene un efecto que cualquiera que haya editado una revista conoce: obliga a elegir. Con veinte huecos se puede ser generoso; con cuatro hay que decidir, y la decisión se ve. El lector de Adamar sabía que si un poema estaba ahí era porque alguien había preferido ese y no otro.
Original y traducción, sin jerarquía
El rasgo más característico de la sección era la vecindad, sin separación ni advertencia, entre el poema escrito en castellano y el poema traducido. En un mismo número podían aparecer un poeta argentino contemporáneo y un clásico moderno en versión española, uno junto a otro, con el mismo tratamiento tipográfico y el mismo lugar en el índice.
En los sumarios recuperados conviven, entre otros, nombres del ámbito hispanoamericano y europeo: Leopoldo Marechal, Jorge Eduardo Eielson, Luis Benítez, Javier del Prado, Pilar Martínez Barca, Antonio López Medinilla, Santiago Bao, Tomás Salas, Juan Miguel Domínguez, José Vila del Castillo, Antonio Mengs, Miguel Sánchez, Adrián Bet. En la última época se sumaron Amy Lowell, Edgar Lee Masters, Thomas Bernhard, Aazam Abidov, Edith Lomovasky, Hans Arp. La lista no describe una escuela; describe un criterio de lectura.
La traducción como trabajo de la revista
Publicar poesía traducida en una revista sin presupuesto es una decisión costosa. La traducción de poesía es el trabajo literario peor pagado y más lento que existe, y una revista pequeña no puede encargarla: sólo puede acoger la que alguien haya hecho por su cuenta, porque quería hacerla.
Que Adamar sostuviera esa práctica durante quince años significa que a su alrededor había traductores dispuestos. Es uno de los indicadores más fiables de la salud de una revista literaria: no cuántos poetas quieren publicar en ella —siempre son muchos— sino cuántos traductores le confían un trabajo que no les va a pagar nadie.
El poema en pantalla
Adamar apareció en el año 2000, cuando publicar poesía en la red planteaba un problema técnico real que hoy se ha olvidado: la pantalla no respetaba el verso. Los navegadores rompían las líneas donde les convenía, la sangría se perdía, el blanco entre estrofas se comía o se multiplicaba, y un poema con arquitectura espacial quedaba irreconocible.
Las revistas de aquella primera generación resolvieron el problema de maneras distintas y ninguna del todo satisfactoria. Adamar optó por lo más sensato: composición sobria, medida corta, sin pretensiones tipográficas, un poema por página. La página existía para que el poema cupiera, no al revés.
La sección dentro de la revista
La poesía no se agotaba en su sección. La columna especial Las voces del árbol se dedicaba íntegra a una sola voz poética por entrega, con más espacio del que la sección regular permitía, y una parte considerable del ensayo y de las reseñas de la revista tenía la poesía por objeto. Sumando las tres cosas, más de la mitad de cada número giraba en torno al poema.
Los índices completos de los números 13 a 24 pueden consultarse en el archivo, y el sumario del número 40, el último, en la página de la IV época.
Para el fondo clásico al que estos poetas remitían, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes mantiene digitalizada buena parte de la poesía en español; en el terreno de la poesía en otras lenguas, la Poetry Foundation conserva un archivo abierto de obra y crítica.