Atalaya

Atalaya fue la columna más firmemente personal de Adamar. Aparecía en el sumario de casi todos los números, siempre con la misma indicación —por Paloma Paredes— y siempre ocupada de lo mismo: exposiciones, arquitectura, obra vista.
Una atalaya es un puesto de observación
El nombre es exacto y vale la pena tomárselo en serio. Una atalaya es una torre desde la que se vigila un territorio: no se interviene en él, se mira. Está construida para ver lejos y a tiempo, y quien la ocupa tiene una sola tarea, informar de lo que se aproxima.
Aplicado a una columna de crítica, el nombre describe una posición modesta y difícil. No la del especialista que dictamina, sino la del observador constante que da cuenta de lo que pasa por delante. La atalaya no juzga desde arriba: simplemente está antes, y ve.
De la pintura a la arquitectura
Las dos entregas identificadas en el archivo muestran la amplitud del campo. Una se dedicó a Paula Modersohn-Becker, pintora alemana nacida en Dresde en 1876 y muerta en Worpswede en 1907, presentada con esa fórmula escueta de lugares y fechas que la columna usaba como encabezamiento. La otra se ocupó de las bodegas construidas por Frank Gehry en La Rioja.
Entre una y otra hay un siglo, dos disciplinas y dos escalas por completo distintas: una pintora que murió a los treinta y un años dejando una obra breve y decisiva, y un edificio de titanio en un viñedo. Que ambas caben en la misma columna dice que Atalaya no estaba organizada por especialidad sino por atención: lo que se mira y merece contarse.
Modersohn-Becker es, además, una elección característica de la revista. Fue una de las primeras pintoras europeas en trabajar el desnudo y el autorretrato desde una posición propia, y durante décadas su obra circuló mucho menos de lo que merecía. Ocuparse de ella en una columna de una revista literaria española de los años dos mil es exactamente el tipo de rescate que las publicaciones pequeñas hacen mejor que las grandes.
Una firma constante
La columna la escribía siempre la misma persona, integrante del consejo de redacción de la revista. En una publicación de seis personas, mantener durante años una columna fija con firma única es una carga considerable y una decisión editorial deliberada: significa que la revista quería una voz reconocible, no una rotación de colaboradores.
El efecto sobre el lector es el que buscan todas las columnas de continuidad. Con el tiempo se aprende no sólo lo que la columna cuenta sino cómo mira, y la segunda cosa acaba importando más que la primera. Un lector fiel de Atalaya sabía, antes de leer, desde dónde se le iba a hablar.
Ver y escribir
La crónica de exposiciones tiene el mismo problema que la crítica musical y una dificultad añadida. El objeto se puede reproducir —a diferencia del sonido— pero la reproducción miente: cambia la escala, el color, la superficie y, sobre todo, la relación del cuerpo con la obra. Un cuadro visto en pantalla no es el cuadro.
Por eso la crónica de arte que funciona no describe la obra: describe el encuentro. Cuenta la sala, la luz, el orden del recorrido, lo que se ve primero y lo que se ve al volver. Atalaya, con su nombre de puesto de observación, se situaba explícitamente en ese terreno.
Dentro de la revista
La columna convivía con la sección de obra gráfica, que publicaba artistas, y con las reseñas, que se ocupaban también de cine. Entre las tres, la revista dedicaba a la imagen un espacio muy superior al de la mayoría de sus contemporáneas de letras.
Atalaya figuraba en el sumario bajo el epígrafe común de las secciones especiales y se mantuvo hasta el final: aparece en la columna de especiales del último número. Los índices de los números 13 a 24 están en el archivo, y el sumario del número 40 en la página de la IV época.
Para el territorio que la columna recorría, el Museo Reina Sofía mantiene en línea su colección y su archivo documental, y el área de artes hispánicas del Centro Virtual Cervantes reúne materiales de acceso libre.