José María Piñeiro / EL VIAJE GALÁCTICO DE LA ESCRITURA. EL EUREKA DE POE

Autor:
José María Piñeiro
Cúmulo galáctico. © ACS/NASACúmulo galáctico. © ACS/NASA




Ante el conjunto memorable de la obra poética y narrativa de Poe, a algún lector distraído, Eureka se le podría antojar una suerte de compleja “frivolidad”, un lujo que la creatividad del escritor norteamericano se permite, una prueba a la que viene a someterse para demostrar sus capacidades reflexivas y de síntesis científico-filosóficas. Pero estas impresiones se basarían en algo equívoco, cuando no, claramente erróneo: al no constituir novedad en sí los contenidos del texto con respecto a los conocimientos que tenemos hoy de física, tan sólo es el discurso lo que gravita con firmeza y su elocuencia solitaria.

Interpretar Eureka, meramente, como una obra de teoría física, sería un error de miopía literaria y textual. Implicaría no sólo olvidar que las obras filosóficas también precisan de una debida contextualización que contraste conceptos, mentalidades e historia, sino, y sobre todo en este caso, omitir quién escribe: no un físico, ni un astrónomo o un químico, sino un escritor, o más precisamente, un poeta.

Por otro lado, habría que ser cautos con lo de la superación cognoscitiva de los contenidos que un texto de época pretérita albergue, con la división estricta del conocimiento entre un pasado estático y sin tecnología y la actualidad, pletórica de esta última: esta es la visión acumulativa y lineal que la era del progreso ha impuesto sobre el saber. Hoy sabemos que entre ambos, entre el pasado y la actualidad no hay sino vasos comunicantes que confirman o despejan datos. En el ámbito de las teorías de la complejidad, “sólo” disponemos de panorámicas eventuales y movedizas. Tenemos tanto una panorámica del conocimiento de los antiguos como otras, y estas, pululantes, sobre la modernidad. Y entre ambos conjuntos se producen sorpresivos intercambios.

No podemos juzgar, pues, el Eureka poeiano, exclusivamente, por sus contenidos positivos. En realidad, estrictamente hablando no hay tales: Eureka consiste en la explayada formulación de un par de hipótesis, cuyas pretensiones se limitan a la brillantez especulativa. Y, aun así, teniendo en cuenta la vertiginosa revolución que ha experimentado la física moderna, si contextualizáramos determinados conceptos y, sobre todo, tuviéramos en cuenta la intencionalidad del autor, Eureka encajaría con el ánimo y las aspiraciones de cualquier investigador contemporáneo. Contextualizados, pues, algunos conceptos filosóficos, como el finalismo, por ejemplo, evidente en parte del discurso poeiano, o físicos, como el “éter”, que hoy se juzgaría como un anacronismo, el tono del texto sí nos devuelve a una percepción abierta, entusiasta de los enigmas que nos aguardan en las estrellas.

Iríamos más allá, todavía, de cualquier “actualización científica”, si, dejándonos llevar por la escritura de Poe, disfrutáramos con el viaje primigenio y abisal que nos propone y compartiéramos de este modo tanto sus dudas como sus reflexiones y lucubraciones, es decir, si diluyendo las barreras entre lo científico y lo especulativo, se produjera ese ideal literario: la comunión del lector con la obra. Este fue, en realidad, el propósito del escritor norteamericano: transmitir una imagen ―estética, poética― del universo, a través de una prosa incuestionablemente lógica, elaboradamente derivada de los presupuestos científicos de su época.

Poe es un escritor profesional. Si se arriesga a escribir una obra como Eureka, es porque, gracias a un gran control sobre su estilo, ha logrado que poesía y pensamiento, vigor analítico e imaginación, converjan.

Este control resulta clave para comprender las ambiciones de su última obra: la que nos ocupa. Nos recuerda lo que nos recordaba Borges: Poe es el creador del relato policial, y este siempre se ha vinculado a lo intelectual, es decir, a la destreza con que el autor expone una o varias incógnitas y la solución sorpresiva, ―a veces, varias o ninguna― que nos presenta. Poe no esconde los vericuetos de su técnica literaria.

En sus ensayos (Filosofía de la composición y El Principio poético, en Ensayos y críticas, Alianza Editorial) presume de no simular utillaje y tácticas de composición haciéndolas pasar por inspiración, directamente. Insiste en que un poema ―su escritura, su composición― debe solucionarse como un problema matemático, es decir, que toda obra literaria es el resultado, fundamentalmente, de un arduo trabajo intelectual que el creador articula por partes, dilucidando conexiones, motivos y, sobre todo, eficacia, ya que lo que se persigue representar, finalmente, es el efecto de la belleza, no la verdad. Llega incluso a manifestar que para la redacción de un poema, es aconsejable calcular, medir, ser sucinto, escribir en un estado lo más “desapasionado” posible, es decir, en un estado contrario a la poesía misma.

Todo esto es aplicable con contundencia en Eureka. Explica su técnica, ―la creación de una rica y minuciosa prosa, que justifica sus desarrollos y especulaciones al articularse sobre leyes físicas constatadas, no hipótesis,― y su motivación final: no tanto la verdad objetiva, ni tan siquiera la verificación final de esas hipótesis, las suyas propias, como la transmisión de un estremecimiento intelectual, de un sentimiento personal que quiere hacer universal, el efecto poético del vértigo estelar, de la contemplación del cosmos. Y, para ello, uno no puede arriesgarse a escribir desde la ebriedad misma, sino desde su lado contrario y antónimo, desde la lúcida y febril reserva que da el conocimiento de los datos y el poder racional de la escritura para exponer, a través de la suma de tales datos, la mayor trama imaginable: el universo.

Efectivamente. El propio Poe, compara en más de una ocasión al universo, con una trama narrativa: la aventura del origen de los átomos, su difusión, dispersión, regreso final y consumatorio al punto del que brotaron, ofrece todas las similitudes con las dificultades que el creador literario afronta en la realización y ensamblaje de las diversas partes de una trama novelística. La trama estelar es el prototipo sofisticado de cualquier relato, la metáfora de cualquier tipo de composición artística, musical o arquitectónica. El instinto del universo es configurarse simétricamente, a través de todas las metamorfosis posibles, de ahí que lo califique como el “más sublime de los poemas”.

Poe afirmó que, con seguridad, no habría mayor motivo que inspirara la escritura de un poema que la muerte de la mujer amada. Aquí Poe se nos muestra como típicamente romántico, y el repertorio, detalladamente catalogado, de su obra poética, lo confirma: umbrías, perfumes, lontananzas, brillos cautivantes de piedras preciosas, océanos remotos, todos los rasgos de la delicadeza femenina: en suma, sacralización de la mujer y magnificación voluptuosa y mistérica de la naturaleza. En el ámbito de la prosa, decidió que la reflexión y el análisis convivieran o potenciaran lo fantástico. En este sentido, y teniendo en cuenta cómo explicita su técnica literaria, Poe encaja con el positivismo romántico de su época. Por la temática de sus obras, Poe es un romántico; como ejecutor de las mismas, un artesano, un profesional de la escritura. Para tal conciencia de la obra literaria como artificio, para tal sensibilidad ante lo ignoto de mundo y del hombre, ¿qué mayor motivo de inspiración bajo el que hacer espolear la escritura que el emprender la descripción del principio y del fin del universo; para el inventor del relato policial qué incógnita más suprema, qué misterio más goloso que descifrar la ejecución de lo existente, la pululación abismal y ordenada de los átomos y su inescrutable final? El universo es tanto un objeto poético como el objeto ―teorizado, investigado, calculable e incalculable― que nos contiene.

Barthes nos advierte que podemos hablar de discurso poético cuando son “las palabras las que guían a las ideas”, (Roland Barthes por Roland Barthes, en Paidós Contextos) y no al revés. En el texto de Eureka esto no resultaría tan fácil de constatar –a excepción de los pasajes más arrebatados― si una lectura de las intenciones del autor, y la comprobación del carácter de reto que su escritura asume, no nos revelaran la presencia de una inspiración y de su objeto, antes que la inercia de una exposición sistemática. Poe no mide el universo como un científico: este le inspira poéticamente, y es a través de la habilidad de una escritura que fusiona razonamiento y poetización como Poe va a desempeñar la proteica tarea.

Cuando Poe nos dice que leamos Eureka como un poema, nos confiesa que, a pesar de la temática de su libro y la rigurosa fundamentación teórica, el texto obedece a unas formas, es decir, a unas impresiones e intuiciones que la plasticidad verbal aparentemente justifica y contrasta, ya que el “Infinito” o el “Cosmos” son cosas impensables, proyectos para llegar a tales conceptos, confirmando, indirectamente, lo dicho por Barthes. La “explicación” que Poe nos da del origen y del fin del universo, se convierte, ineludiblemente, en un relato: el protagonista es Uno, Múltiple y anónimo, el aluvión inconmensurable de los átomos, y la acción narrativa, la de la aventura proverbial de esta masa colosal y magnífica que se divide en una multiplicidad de cuerpos y formas, configurando el universo.

Eureka es la obra paradigmática del verbo poeiano, (como expresión de las habilidades analíticas del escritor, no como obra de ficción). En realidad, el poder teorizante que despliega en esta obra, es con respecto a lo que decimos, una manifestación metaliteraria: el escritor habla no de la poesía sino del Poema por antonomasia (el universo) y de su mecanismo, de su discurso, que consta de una exposición, un desenlace y un final: la trama vertiginosa de los átomos, la formación diversa y el destino común de la materia. Eureka destila un aroma demiúrgico: al describir el universo, lo reescribo, es decir, lo creo de nuevo, me remonto al origen, al prototiempo del que surgió todo. De ahí la sugerencia de Paul Valéry, en su artículo sobre Eureka, (Estudios Filosóficos, ediciones Visor) al hablar de las antiguas cosmogonías y del fatuo esfuerzo que supondría ―a la vista de los conocimientos actuales de la física y de la astronomía― emprender hoy una empresa semejante. Tal gesta es en la que Poe se compromete.

En las minuciosas descripciones de los movimientos y difusiones astrales de los átomos, Poe disfruta de su propio poder teórico-creativo. Aquél conocimiento del utillaje literario, aquel hábil saber de las triquiñuelas narrativas, se despliegan aquí con holgura, aplicados a la discusión cósmica. Véase la semejanza estructural entre la formulación de una hipótesis sobre la génesis y evolución del universo, junto a la explicitación de cada uno de sus puntos, y el esquema del relato policíaco: hecho delictivo (el universo como objeto a analizar) y las probables vías de investigación ―hipótesis― a la búsqueda de la captura de los culpables y solución del crimen.

La palabra, la teoría, ―fórmula de la simbiosis entre conocimiento positivo y pensamiento iluminado―, disfrutan de sus facultades inventivas puestas al servicio de unas leyes. Tales leyes, seguros comodines del despliegue teórico, son las de la gravedad newtoniana y las de la formación nebular de Laplace, generalmente.

Poe no disimula su entusiasmo. Su Eureka no revoluciona la ciencia de su época. Lo que Poe “descubre” es la unidad incontestable del cosmos. Poe tiene una visión unitaria del universo. No expone una ley, describe una “visión”. Y esto pertenece a la poesía.

Lo que Poe expone en Eureka, y esto aludiría a la defensa que del texto hace Valéry cuando señala la soberanía de las hipótesis poeianas, no escapa a la problematicidad que cualquier propuesta, impecablemente justificada, plantea, aunque, en este caso, sea la de un poeta que especula con los cielos y los átomos: lo que admitimos como elemental, en cualquier aspecto de la vida, se convierte en algo complejo e indeterminadamente divisible cuando al ser sometido al análisis, se produce la red de conexiones y relaciones posibles. Lo elemental implica la complejidad de exponer y explicar los orígenes de las cosas, ya que lo elemental es tanto lo simple como lo esencial de algo, su consistencia. Y para Poe, la consistencia de su imagen del mundo confirma una verdad: la función reguladora de la gravedad y de la electricidad en el establecimiento espacial y confinamiento de las cosas, el misterio de la existencia de tal función, el poder generador de lo heterogéneo, y la unidad final de la diversidad, la simetría que secreta y espléndidamente opera en la articulación de ese mecanismo vivo e inimaginable que es el universo.

¿Es el universo poeiano más simple que el nuestro? No lo creemos así. Él experimentó tanta fascinación ante el universo de su tiempo como nosotros con el nuestro. Poe no conoció la mecánica cuántica, ni los fractales, ni la teoría de la relatividad. Pero del caos inicial, creyó vislumbrar un orden, veteado de irradiaciones y difusiones fabulosas. Ese orden, condición mínima para que la vida fuera posible, demostraba físicamente el resultado de una acción: la de la voluntad divina. Una acción que Poe interpreta profanamente, como un Principio incuestionable, pero que como poeta, observa turbado ante su insondabilidad.







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