Mónica Marchesky / LA MAQUINA DEL TIEMPO: ¿Cómo ser objetiva en tiempos de sexo?

Glenn CloseGlenn Close




-¡Por dios! ¡Salgan a la calle y arriésguense aunque sea una vez en este fin de semana!

Me grita Glenn Close desde la pantalla con un pasmoso convencimiento. Pero claro, Glenn Close es una mujer que con solo decirlo es tomada como un mandato. Y yo debo escribir sobre una camioneta verde limón que entra y sale de la niebla. Esa imagen me está perturbando desde una mañana de invierno que entonces la vi desde mi ventana. Con mis cuarenta y tantos años y una revolución de hormonas en mi cuerpo, sería muy interesante que esa camioneta verde limón que por cierto es muy erótica, fuera utilizada para distintas... distintas... travesuras.

Todo habla de sexo, canciones, comerciales, programas de televisión, exposiciones de arte, conferencias del nuevo siglo. ¿Cómo ser objetiva y pensar que el tema del sexo a mi edad es “Casi” obsoleto? ¡No lo es! Eso lo puedo asegurar. Volviendo a la camioneta verde limón. Aquel día había mucha niebla y esa imagen apareció en mi campo visual, como un fantasma. Me la imaginé llena de elementos perturbadores como almas trasladadas al averno. Esas almas, que otrora fueran arquetipos fantasmales con un valor simbólico y que estuvieron en el inconsciente colectivo por muchísimo tiempo, ahora serían despojos, vestiduras apenas reconocibles de los viejos fantasmas victorianos. Pero ¿Qué hacía un grupo de fantasmas victorianos apilados en una camioneta verde limón, en pleno siglo XXI? Veamos, recordemos que el fantasma decimonónico se aburguesó, como reflejo de una sociedad dedicada a la familia y bienes materiales. Entonces mis fantasmas, tendrían un atuendo propio a su status. Serían señores acaudalados, con sombreros de copa, capa y engarces en oro y brillantes en broches, anillos y relojes. Serían banqueros, comerciantes, o tendrían un negocio de bienes raíces. Me los imagino, enumerar posesiones materiales, discutiendo. Todos queriendo tener más que el otro y más de una discusión sería terminada en un insulto, o una bofetada. Tal vez habría alguno que fuera el suicida que todos debían ocultar, eso era mal visto en el seno familiar. O el fantasma de un asesino, ese era desterrado de todos los ámbitos sociales.

Tal vez se encontrara en mi camioneta verde limón algún fantasma que por acción de una mala gestión había perdido todas sus posesiones y se lamentara eternamente. No quiero olvidarme de todos los escándalos de alcoba que ocurrieron en esa época, amores prohibidos, no correspondidos y de los otros. Pienso que tal vez apilados en esa grotesca imagen se encontraran amantes desorientados, mujeres ardientes que no medían las consecuencias, mientras sus esposos recaudaban para las arcas de la familia. Institución familiar que era vista como un modelo ejemplar de comportamiento materialista. No quiero dejarme llevar por las imágenes eróticas que vienen a mi mente en este momento... tal vez alguna monja sollozante se acurrucara en un rincón, mientras el fantasma de un sacerdote quisiera tirarse de la camioneta expiando una culpa carnal.

Esos serían los fantasmas que ocuparían el espacio prisionero dentro de un vehículo del siglo XXI y los cuales andarían dando un paseo por la zona, paseo turístico de ancianos fantasmas en tercera edad. Debía saber que ocupantes verdaderos eran los que llevarían toda esa carga y para ello, un día de niebla, me aposté justo en el lugar donde pasaría el suceso. La vi venir, muy despacio, se detuvo a mi lado y pude ver que sus ocupantes eran dos personas comunes y corrientes. Un hombre canoso, algo mayor, era el conductor, mientras una mujer de mediana edad que posiblemente fuera su hija, anotaba algo en una agenda, distraída. Cuando la camioneta verde limón pasó cuan larga era a mi lado, pude leer en su caja: “Transporte de productos alimenticios”.

Juro que escuché las risas de mis furibundos fantasmas victorianos, risitas sarcásticas, plenas de goce y pensé que tal vez ellos estuvieran... en fin, es imposible ser objetiva en tiempos de sexo.




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