IV época

En la red desde el año 2000. Así se presentaba Adamar en su cuarta y última época, y la frase era a la vez una fecha y un argumento: pocas publicaciones literarias españolas nacidas en internet habían llegado hasta allí sin interrupciones. Esta etapa se extendió aproximadamente entre 2010 y 2016 y llevó la revista hasta el número 40.
Una revista sobre base de datos
El cambio técnico de esta época fue el más profundo de los cuatro. Adamar dejó de ser un conjunto de páginas construidas número a número y pasó a ser una base de datos con una plantilla encima. Cada pieza se convirtió en un registro con su identificador, y las direcciones dejaron de describir lo que contenían para pasar a ser números.
La ganancia fue real: la revista podía publicar sin rehacer la estructura, ordenar por autor o por sección sin trabajo manual y mantener un archivo consultable. La pérdida también lo fue. Una dirección que dice el apellido del autor y el título de la pieza es legible por una persona, sobrevive a las mudanzas y puede reconstruirse de memoria; una dirección que es un número no dice nada fuera de la máquina que la genera. Cuando esa máquina se apaga, los enlaces que apuntaban a ella quedan apuntando al vacío. Buena parte del trabajo de esta restauración ha consistido precisamente en hacer que esos enlaces sigan llegando a algún sitio con sentido.
La estructura de la última época
El esqueleto editorial no cambió. Seis secciones fijas ordenaban cada número:
- Poesía
- Narrativa
- Ensayo
- Música
- Arte — el único cambio de nomenclatura respecto de las épocas anteriores, donde la sección se llamaba obra gráfica
- Reseñas
Junto a ellas, una columna de especiales reunía Las voces del árbol, Atalaya y Cuevas, más los accesos al archivo, al editorial y a los créditos. En el pie figuraban la mención al directorio mundial de poesía de la UNESCO y el crédito de adamaRamada Ediciones.
El número 40
Es el último sumario que se conserva de la revista. Su composición muestra hasta qué punto Adamar había ensanchado su campo en la última etapa: junto a autores contemporáneos aparecen clásicos modernos, y la traducción ocupa un lugar central en casi todas las secciones.
Poesía
- Amy Lowell
- Edith Lomovasky
- Aazam Abidov
- Edgar Lee Masters
- Thomas Bernhard
Narrativa
- Katherine Mansfield
- Mariel Manrique
- Mario Levrero
- Giovani Papini
- Marguerite Duras
Ensayo
- Tera Blanco de Saracho
- Juan Eduardo Cirlot
- Gaston Bachelard
- Marguerite Yourcenar
- E. Cioran
Música
- Pablo J. Vayón
- Miguel Arnas Coronado
- Antonio José López Domínguez
- Ana de la Robla
Arte
- Jose Antonio Bertrand
- José Marín-Medina
- Julia María Carvajal
- Alain Bosquet
- José Raúl Gallego Ramos
Reseñas
- Diccionario de contenidos, de Eça de Queiroz
- Poemas y prosas de juventud, de Paul Celan
- Vértigo de las horas, de Enrique Morón
- Obra poética completa, de Antonio Colinas
Qué dice ese sumario
Un número que reúne en la misma sección de poesía a una imaginista norteamericana de principios del siglo XX, a un poeta uzbeko y a un narrador austríaco no es un número construido por proximidad de escuela. Es un número construido por lectura. La revista había llegado a un punto en el que su criterio ya no necesitaba justificarse por pertenencia a ninguna tendencia: bastaba con que las piezas se sostuvieran juntas.
La sección de ensayo del número 40 muestra la otra constante de esta época: la vecindad entre literatura y filosofía. Cirlot, Bachelard, Yourcenar y Cioran no son cuatro nombres de una misma familia intelectual, pero sí de una misma manera de entender el ensayo como forma literaria y no como género académico. Es el mismo criterio que había hecho de la sección de ensayo la más citada de la revista.
El final
Después del número 40 la revista dejó de publicar. No hubo número de despedida ni nota final: simplemente se detuvo, como se detienen casi todas las publicaciones pequeñas. El dominio siguió existiendo unos años más y acabó perdiéndose. La editorial que había nacido de la revista dejó también de operar.
Queda el archivo, que reúne lo recuperable de las cuatro épocas, y quedan los libros que adamaRamada llegó a imprimir. Para una revista que empezó en el año 2000 declarando que se llamaba como un verbo en desuso, cuarenta números no es un mal recorrido.