Antonio Mengs / LA NOCHE DE SAN JUAN, de MIRCEA ELIADE

Autor:
Antonio Mengs
La noche de San Juan
Mircea Eliade
Traductor: Joaquín Garrigós
Editorial Herder 616 Pág.
ISBN 84-254- 2043-1




La noche de San Juan trae a la memoria recuerdos de otras lecturas, las de las novelas rusas del XIX, por ejemplo, cuando en la convivencia con Tolstoi o Dostoievski la vida de los personajes de ficción acompañaba el transcurso de las horas y los días y el lector se preocupaba por la variable situación de los personajes, sus cambios de fortuna, su destino, de forma parecida tal vez a como actualmente numerosos telespectadores conviven en conciencia con los personajes de determinados seriales y sus peripecias. Es evidente que un abismo separa unos y otros, mas la comparación guarda sentido en cuanto a la habilidad con que Eliade capta el interés y las emociones del lector, de manera que no le resultaría inverosímil a nadie que conozca la obra escuchar accidentalmente frases del estilo de ¿Por dónde vas? Ah, todavía no has llegado a lo de… referidas a la misma, como parte de una conversación ajena entre personajes reales.

Este primer apunte baste quizá para sugerir que estamos ante una novela que engancha por su inmediatez expresiva, por la credibilidad de su argumento o la naturalidad con la que el lector puede identificarse en este punto o aquél con determinado personaje o situación, lo cual es sin duda cierto. Pues se trata de una novela escrita con un lenguaje pulcro y sin complicaciones, fácilmente asequible para quien se entrega a ella y que narra acontecimientos históricos de gran interés, tanto por la cercanía humana de los sucesos mismos como por la perspectiva desde la que se observan — la de un país, Rumanía, objeto de innumerables invasiones en distintas épocas, para el cual los credos políticos revisten una capa de relatividad escasamente atractiva. Una novela cuya estructura equilibra con suma destreza situaciones y diálogos, dotando en todo momento de considerable agilidad y amenidad a la lectura.

Dicho lo cual, no resulta sencillo a priori responder a la cuestión de qué trata la novela. ¿Es una novela de amor? Sí, es una novela de amor. ¿De misterio? Sin duda. ¿Suspense? También. ¿Histórica? Sí, aunque no es novela histórica. ¿Filosófica? Por supuesto, más sin pretendidas profundidades. ¿Existencial? Claro, sólo habla de la existencia. ¿Qué es, entonces, la novela? Lo primero que se nos viene a la mente es que la novela parece un mandala: un laberinto aparente de múltiples tonalidades y caminos que sólo en apariencia habilitan un diseño. Lo segundo, consecuencia de la observación anterior, es tal vez que lo que se cuenta en la novela mueve nuestra visión hacia otro lugar, mostrando de este modo una vía de aprehensión de nosotros mismos y de la vida que nos toca vivir distinta de los habituales lugares comunes.

Resulta de una indudable maestría desde el punto de vista técnico el que Eliade consiga en ella transmitir una perspectiva plana del tiempo y los acontecimientos de una vida, una vida que podría ser la de cualquiera. Distintos contenidos (sucesos, aspiraciones, circunstancias familiares, etc.), pero al cabo la vida de cada cual tratando de interpretarse y averiguarse a sí misma; algo que sólo sucede en cuanto panorama, en cuanto paisaje, vale decir: en cuanto espacio. La contemplación espacial del tiempo es, principalmente, lo que permanece en el lector gracias al transcurso del tiempo en la novela y del tiempo empleado en su lectura: Eliade, maestro en desvelar revitalizando el sentido del mito, construye en La noche de San Juan un vehículo sin estridencias hacia la consideración mítica de la vida y del tiempo.

Estas palabras, con las que podríamos esbozar una respuesta a la pregunta de qué trata la novela, corresponden no obstante a una apretada síntesis: la novela se lee con suma facilidad y aunque abunda en sabiduría narrativa, no hay nada que obstaculice la comprensión ni suponga un escollo insalvable. Por lo general, el reducido grupo de personajes colabora en la creación de un recuerdo, un recordar el tiempo a medida que el tiempo avanza, poco más o menos como hacemos todos según el hábito más universalmente extendido: vivimos recordando constantemente las imágenes del tiempo pasado, atrayendo las del tiempo futuro. El flash back es por tanto continuo: no se circunscribe a un momento específico, sino que se da a cada paso, si bien su brevedad, tan semejante a la de los sucesos que visualizamos habitualmente, no cansa nunca al lector.

Desde el punto de vista de las técnicas narrativas, particular interés se desprende del pasaje en el que el protagonista tiene acceso a un diario. El lector lee junto con el personaje y como él, entre líneas, buscando en el texto algo distinto de lo aparente. Un recurso muy simple pero de concepción compleja: lectura dentro de la lectura, orientada en una determinada disposición psicológica. Merece también la pena señalar una característica propia de las novelas de Eliade, presente aquí a lo largo de toda la obra: esa capacidad para integrar el componente irracional, los estados de ensoñación o de delirio en el discurso consciente, de manera que la inteligencia pueda contemplarlos a un mismo nivel de comprensión y de acontecimiento.

El lector que se haya interesado por la obra ensayística del autor rumano advertirá su huella a lo largo del libro. Para quien no la conozca, bastará prestar atención a las frases y palabras que, aquí y allá, colocó el autor en cursiva, así como a los párrafos en los que los personajes exponen sus inquietudes vitales. Muy pocas palabras de las que se enfatizan mediante cursiva en el diálogo carecen de un peso específico, por lo que creemos bastará una atención distendida, una cierta detención, para procurar retenerlas: nada más, pues no se trata de claves, que no las hay en el texto, sino de fragmentos que precisan de una ponderación especial.

El libro de Mircea Eliade va por la segunda edición desde que se publicara su traducción española allá por 2001. La importancia de esta novela parece por tanto no acompañar su difusión masiva y ello ha constituido una motivación para, a contrapelo de su ‘vejez’ editorial, escribir estas líneas animando a su lectura: es una de las grandes novelas europeas del siglo pasado, estimación que no constituye una frase de marketing promocional, como sabrá apreciar quien se acerque a la obra.

Recomendamos por último una cierta prudencia en las valoraciones que a priori solemos hacer en cuanto lectores activos: nos parecerá en determinados momentos saber lo que va a pasar e incluso, como se suele decir, adivinar el final. Nos daremos cuenta de que no sabíamos lo que creíamos saber; por otro lado, el final no se adivina: se intuye, se presiente y al cabo resulta por completo inesperado. El final La noche de San Juan es tal vez uno de los más deslumbrantes de la novelística occidental, como un fogonazo que el lector recibe de golpe y, más allá del tiempo y del espacio, se prolonga infinitamente.



M. Eliade Photograph 1986, Jeff LowenthalM. Eliade
Fotografía de Jeff Lowenthal (1986)





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