Miguel Arnas Coronado / VÉRTIGO DE LAS HORAS, de ENRIQUE MORÓN

Autor:
Miguel Arnas Coronado
Vértigo de las horas
Enrique Morón
Ediciones Carena, Barcelona 2011
ISBN 978-84-150-2169-8
103 páginas
PVP 12 €









¿Existe algo más hermoso que el desnudamiento de la persona amada? La relación entre poeta y lector suele ser, en ocasiones, como la del amante y el amado, y la presencia del amado en cueros, aunque su cuerpo y su vida estén ya ajados, será hermosa como una verdad eterna.

Se ha calificado a menudo a Enrique Morón como poeta alpujarreño. Si nos atenemos al carné de identidad, eso es cierto. Si leemos su poesía ensalzadora del paisaje, de un color y una reverencia extremadamente fieles y plásticos respecto a los montes y aldeas que le vieron nacer, también será cierto, pero si conocemos toda su obra nos daremos cuenta de que, si bien la descripción lírica de su tierra es importante, ésta no es sino un tema más. Tres aspectos moldean su poesía: el indefectible paso del tiempo, la comparación entre ciudad y campo, y ese lirismo campestre en el que habría que incluir, porque del mismo tema se trata, el cultivo de la amistad y la charla entre tragos.

En este mundo tan trabajado por la publicidad y el autobombo, los humildes pero extraordinarios poetas provincianos son, por desgracia, poco conocidos, sobre todo si no se dedican a ir meneando el rabo por despachos capitalinos. Publicó Morón en 1970 un libro de poemas, Paisajes del amor y del desvelo, que tuvo distribución nacional. Luego han ido viendo la luz poemarios como Cementerio de Narila, Odas numerales o Si canta el ruiseñor, tomos apegados a la tierra pero de una reflexión tan alta como las estrellas que adornan las noches en la vertiente sur de Sierra Nevada. Artífice del verso, de la palabra elegida, de la métrica o del verso blanco, de la imagen gloriosa o del sentimiento morigerado, Enrique nos ha ido dejando una obra a sus “enamorados” que sirve de palanca para la introversión y el goce.

Ya el título mismo de este libro, Vértigo de las horas, dice de qué nos va a hablar el poeta, del primero de esos aspectos o temas que son centrales en su poética. Se divide este “Vértigo” en tres partes, Testimonio, Crepuscular y El desencanto, compuesta cada una de ellas por veinte poemas de extensión regular. No es exactamente nostalgia en el sentido de tristeza por el recuerdo de una dicha perdida porque no hay exactamente tristeza. ¿Quizá una ligera melancolía? Más bien una constatación serena del paso del tiempo, del acercamiento de la muerte, de la pérdida de seres queridos, de la conversión del amor-pasión en buena camaradería, de la cercana disolución en el Todo, tal vez deseada porque ese Todo incluye su amada naturaleza, sus amigos, sus charlas. “…Vamos/ huyendo sin saber/ adónde está el refugio/ que albergue el huracán de nuestro miedo”, o bien “Fría escarcha del tiempo/ veloz, que se desliza por mis sienes/ como si fuera un esquiador alado/ sobre los hielos del dolor”. Constatación de nuevo de la excesiva velocidad con la que pasa todo. Mas al tiempo felicidad de haber llegado hasta aquí: “Y qué queréis que os diga, amigos míos,/ cuando la tarde fluye en nuestras sienes/ con la delicadeza de una madre/ protectora. Va pasando la vida/ no sin cierto rigor, mas conservaros/cuando los años duelen cual guadañas,/ es un milagro siempre venturoso/ que hemos de agradecer a los designios/ del tiempo”.

Palabras nostálgicas sí hay: otoño, crepúsculo, octubre, lluvia, niebla, son repetidas hasta que brillan, así como las alusivas al tiempo en todas sus medidas, horas, años, estaciones. Porque el tiempo, en Enrique Morón, tiene esa morosidad del que transcurre entre los campos, arroyos y arboledas suaves de la Alpujarra oriental. Por eso mismo, por esa morosidad, le enfada a Enrique que el tiempo corra veloz como un autobús, de parada en parada y por el carril exclusivo, en la ciudad.

Hay un poema en el que confiesa una poética propia, aunque la verdad es que todo el libro es una confesión, un desnudamiento, un decir aquí estoy porque estas son mis palabras. “Pues efectivamente/ si no existen las musas,/ ¿qué extrañas condiciones han de darse,/ qué momento supremo,/ qué confabulación con el lenguaje,/ para que surja el verso?/”, y sigue algo más adelante: “La poesía, entendida/ como pasión, es algo/ parecido a la amante/ que sabes que te daña y nunca dejas,/ que intuyes que te arrostra y le sonríes,/ que la sueñas asida y desvanece”, y luego, ”…La poesía/ es la consagración de lo inefable,/ el alba de lo mítico,/ la esencia sustancial de la palabra”.

Emocionante por encima de todo sentimentalismo, el homenaje a aquel que fue común amigo, el también poeta Juan Jesús León, aunque para él representó su compañía la mayor parte de los años de su vida, y yo tuve que conformarme con fruir su amistad escasamente durante su último lustro. En el poema que le dedica, no desea acompañarle en el más allá sino que insta al fallecido a volver a su vera, a retornar a las romerías tabernarias y poéticas que adornaron la juventud, y no sólo la juventud, de ambos: “Tú tienes que venir conmigo adonde/ enhebremos sonrisas como antaño”, y algo más allá, “Sentados junto al borde/ de una sonrisa, plenos/ de versos o de vinos lontananzas./ Amigo mío,/ no te alejes de un golpe de campana,/ como ves yo también estoy cansado/ y espero en el umbral/ la solemne sentencia de las horas”.

Un gozo para los sentidos es este último libro de Enrique Morón que ha publicado ediciones Carena, de Barcelona. Un gozo como lo es esa suave melancolía alegre que caracteriza la afabilidad del autor, de quien siempre es un placer escucharle las anécdotas y chascarrillos de su tierra, el recitado de sus propios versos o de los ajenos, incluidas las trovas alpujarreñas a las que tan aficionado es, su voz profunda y modulada como modulados y profundos son sus versos que no son lenitivos de ningún mal sino acicate para la reflexión y el placer de vista, oído y olfato.




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