José Raúl Gallego Ramos / MARCELO POGOLOTTI. EL INTELECTUAL QUE SE NEGÓ A MORIR

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Autor:
José Raúl Gallego Ramos







“Toda obra de arte se sustenta en un concepto. No se trata simplemente de lograr una afortunada combinación de líneas y colores, sino de expresar, mediante un lenguaje artístico específico una realidad dada, a partir de una determinada concepción del mundo. (…) Esta concepción se hace y crece en la constante relación entre vida y obra y se precisa en términos pictóricos ante la ejecución de cada nueva tela.”

Graziella Pogolotti.El camino de los maestros.




Hay décadas que marcan siglos. Hay décadas que marcan la historia. Unas lo hacen con azufre y fuego, como aquellos tristes años de nazi-fascismo y Guerra Mundial en su segunda versión. Otras dejan su impronta por el camino de las transformaciones, del despertar de los cambios en la conciencia. Por desgracia, las segundas están muy ligadas con las primeras, pues la vida es una concatenación de sucesos y al parecer, los hombres solo hemos sabido reaccionar ante situaciones límites.

La década del veinte (signada por la llaga que le provocó el quinquenio 1914-1919) se caracterizó por el espíritu revolucionario de la intelectualidad, tanto europea como latinoamericana. La rebelión contra el esquema burgués y su simbología se extendió por el Viejo Continente y abarcó todos los órdenes. El arte, como parte de la superestructura social, fue una de las vertientes en la cual se sintió con más fuerza el embate de los vientos renovadores.

Cada día aparecía un nuevo grupo, con su ismo y manifiesto correspondientes, declarándose furibundo enemigo del orden establecido, de la transformación del arte en simple mercancía y de la creación anquilosada que negaba la reflexión. El intelectual iba asumiendo una postura orgánica –hablando en términos gramscianos– y se volvía consciente de su papel en la sociedad.

A miles de kilómetros, en una pequeña isla del Caribe llamada Cuba, lo más avanzado de una generación no comprometida con el nacimiento de la República y desilusionada de esta, también despertaba.

Pero antes de llegar a ese punto esta historia debe remontase a finales del siglo XIX, para que no pierda su eje central: la obra pictórica de un hombre que se ganó un lugar entre lo más avanzado de la intelectualidad mundial de los años treinta y se inscribió en un capítulo especial de la vanguardia plástica cubana.

Comienza un día sin importancia cuando un italiano llamado Domenico Pogolotti llega a La Habana acariciando el sueño de la tierra prometida.

Un 12 de julio de 1902, nació la mejor de las semillas que plantó en esta tierra: Marcelo, su hijo. Con apenas catorce años, ya el pequeño Marcelo había recorrido miles de kilómetros, acumulados en varios viajes de ida y vuelta entre La Habana, Italia y New York. En esta última ciudad culmina sus estudios de segunda enseñanza y luego matricula –por tradición forzada– en el Rensselaer Polytechnic Institute de Troy, para estudiar Ingeniería Mecánica.

Tres años después, la muerte de su madre George Grace le dio un brusco giro a su vida. Libre del compromiso con la figura materna, decide dedicarse por completo al arte e ingresa en The Art Stdudent League of New York, donde comienza su formación. Después de un viaje por Europa, regresa a Cuba con el afán de redescubrirla.

Y aquí encontramos uno de los grandes acertijos de la vida de Pogolotti: ¿por qué Cuba? Cómo se explica el hecho de que una persona arrancada de su suelo a los ocho meses de nacido, de familia extranjera y que sus mayores estancias en la Isla fueron dos períodos de tres años en plena niñez; sienta tamaña obsesión y añoranza por un país al que apenas conoce.

Al igual que muchos de los pintores de esa época, Pogolotti se adentró en la búsqueda y representación de lo cubano, como manera de anclarse y afirmarse ante una cultura norteamericana hegemónica que intentaba tapar con su manto la identidad insular. Es por esto que su cuadro expuesto en el Salón de Bellas Artes de 1925 fue un retrato de una lavandera negra.

Todavía no ha asomado la mejor pintura de Marcelo Pogolotti, sin embargo durante esta etapa se van desarrollando los elementos que catalizarían su obra hacia su rumbo definitivo. La década del veinte trajo consigo todo un movimiento en la isla contra el status quo que vivía la República. Numerosas organizaciones de carácter revolucionario surgieron por entonces. Baste mencionar la Federación Estudiantil Universitaria, la Confederación Nacional Obrera de Cuba, El Partido Comunista, entre otras.

Mientras Pogolotti se encontraba en los Estados Unidos, un 18 de marzo de 1923 se produjo un hecho que marcó el despertar de la intelectualidad revolucionaria cubana: La Protesta de los Trece. A partir de aquí, se produce una actitud consciente de influir y hacerse sentir en la vida del país que continuaría latente durante varios años. Nace una publicación que nuclearía a lo que se denominó, la vanguardia cubana. Pintores, poetas, ensayistas, colaborarían de diversas formas con la Revista de Avance, que surgió con intereses meramente culturales pero que la fuerza de los acontecimientos la hizo gravitar necesariamente hacia el terreno político y social.

Esta especie de amalgama intelectual logró metabolizar “lo que llegaba de afuera” y ponerlo en función de nuestra cultura, desarrollando un pensamiento propio. En las reuniones informales en los cafés de La Habana se fue formando una generación con una concepción humanista avanzada y de una sensibilidad y un talento extraordinario. Aquí se ubica la génesis de lo que será más tarde la impresionante obra pictórica de Marcelo Pogolotti, quien en 1926 aún era un muchacho lleno de inquietudes que se ganaba la vida como empleado de oficina.

En 1927 la Revista de Avance organizó la Exposición de Arte Nuevo en la cual se reunió una generación de pintores que intentaba romper la inercia causada por más de un siglo de academicismo. Este salón, considerado la primera ruptura vanguardista cubana, tuvo entre sus piezas varios cuadros titulados con fechas y horas –con marcadas influencias fauvistas e impresionistas– firmados por Marcel Pogolotti, quien ya por entonces, se encuentra dentro de aquel grupo de soñadores satanizados que constituirían la más importante generación pictórica en la historia del arte cubano.

“La Exposición de Arte Nuevo de 1927, expresó el sentir de una generación que a diferencia de la anterior, adormecida y moderada, se mostró abatida, radical y anunciadora. Nuevas formas ilustraron nuevos contenidos que sin dudas buscaban la afirmación –o construcción– de una identidad nacional, tanto en lo formal como en los referentes temáticos. (…) Nuestros artistas asumen como encargo social la búsqueda de lo nacional, de lo propio, en un lenguaje absoluto y necesariamente contemporáneo” 1

Un año después, Pogolotti vuelve a desempolvar su espíritu viajero y un pasaje a bordo del vapor Maasdam le abre el camino a Europa, a donde parte en busca de recursos y de nuevas formas. Atrás queda la tierra que lo vio nacer, pero Cuba no, porque la lleva adentro. Después de una visita a Holanda se establece en París donde se encuentra con Eduardo Abela y Alejo Carpentier.

Integrado de lleno a la bohemia de esa ciudad, aprovecha al máximo su tiempo y toma cursos de innumerables especialidades en la Universidad de La Sorbona, mientras evoluciona su pintura hacia el maquinismo, el surrealismo, la abstracción y el futurismo. Años después, el pintor Filia lo incorpora al manifiesto futurista. Después de largas experimentaciones en busca de una visualidad propia, Pogolotti deja de ser un objeto pintoresco dentro del grupo de artistas europeos y se convierte en una figura de renombre. Expone por todo París y Europa en muestras colectivas y personales, se vincula concienzudamente al movimiento de artistas revolucionarios. En Cuba, sus ecos se hacen sentir gracias a un artículo de Carpentier publicado en la revista Social.

En los inicios de la década del treinta comienza una serie de dibujos titulada “Nuestro Tiempo”, sumamente interesantes por lo que representarán: la entrada de la temática social a su obra.

El desarrollo del capitalismo y su evolución imperialista que lo extendió por todo el mundo, las experiencias vividas en Cuba, Europa y los Estados Unidos convirtieron a Pogolotti en un defensor de la ideología marxista. La situación de la clase obrera, su sometimiento y explotación se convertirían entonces en la temática principal de su pintura.

“Es indudable que, después de haber pasado por la experiencia futurista y por la abstracción, se propuso, en los años treinta, cuando el fascismo comenzaba a convertirse en amenaza cierta, expresar en su obra las formas de expresión que pesaban particularmente sobre la clase obrera. El tratamiento no naturalista del tema permite producir significados de mayor alcances.” 2

Sus cuadros enseñan algo más que un mero reflejo de la problemática. En ellos se percibe un entendimiento del fenómeno, un desentrañamiento de la esencia de las relaciones de dominación y la enajenación producida por el modo de producción alienante que convierte al trabajador en una pieza más de la inmensa maquinaria productora de plusvalía.

Aunque sus obras hacen referencia fundamentalmente a un proletariado de países altamente industrializados puede decirse que su mensaje se adapta a disímiles realidades e incluso, que trasciende la época en que fueron concebidos. La esencia captada en Cronometraje, Siglo XX, El matón, por solo citar algunos, supera hasta la misma existencia de ese capitalismo monopolista de Estado con sistema fordista de producción seriada que conoció el autor.



El Matón



A pesar de la distancia, Cuba continuó siendo motivo de inspiración. “Aprovechó las conquistas formales, no solo del futurismo, sino del surrealismo, y del expresionismo alemán. Abandonó sus composiciones abstractas y sus ejercicios futuristas para buscar, con los recursos que estos elementos le habían proporcionado, la más diáfana interpretación posible ante la conmoción social que existía en nuestro país.” 3
En 1933 realiza una de las pinturas más trascendentes de las artes plásticas nacionales: Paisaje Cubano. Aunque algunos elementos de la misma pudieran parecer anacrónicos para nuestro país, debido al desarrollo industrial con que contaba Cuba en aquellos años, la presencia de los cañaverales y los buques de guerra erizados de cañones constituyen una denuncia demoledora de la realidad de aquellos años, caracterizados por la lucha antimachadista y la injerencia norteamericana en los asuntos internos del país.




Paisaje CubanoPaisaje Cubano



Pero Pogolotti supo ir aún más lejos. Su sensibilidad intelectual le permitió captar el espíritu de un momento que fue descrito por muchísimos pensadores alrededor del mundo: la pérdida de la individualidad, la aparición del hombre-masa que definió Ortega y Gasset o el individuo alienado encerrado en la jaula de hierro descrito por los teóricos de la Escuela de Frankfurt.

Las figuras de Pogolotti no tienen rostros, generalmente aparecen cabizbajos o de espaldas. Cuadros como El muelle y El alba muestran hileras de personas resignadas que caminan hacia su trabajo como ovejas hacia el matadero. Sin embargo, Evasión es una indagación más profunda que penetra en el mismo centro del fenómeno, cuando este se vuelve parte cotidiana e invisible de la vida normal. Allí está, sentada frente al espejo, una figura blanca y bien delineada con su pensamiento en las nubes.

Sin embargo, la obra más famosa y conocida de Marcelo Pogolotti es sin dudas El intelectual. Con esta pintura, realizada en 1937, demuestra la profundidad de su pensamiento que se encontraba en consonancia con la obra de quienes luego se erigirían como los más importantes filósofos neomarxistas. Desde la pintura, abordó uno de los temas más preocupantes en el nuevo siglo y sobre los cuales menos referencias se encontraban en la obra de Marx: la cultura y su conversión de esta en industria.



El intelectualEl intelectual


Con la cabeza recostada sobre sus manos, sin ojos y con el papel en blanco; un hombre se debate por dentro. Es tanta la agudeza pictórica y la maestría de Pogolotti que aún prescindiendo de los ojos –que sin dudas son el elemento expresivo por excelencia– logra trasmitir perfectamente el estado de ánimo y la tensión que reina en el sujeto y en toda la obra.

Así, logra resumir con una maestría excepcional la situación del intelectual que camina por el filo de la navaja, entre su creación y su supervivencia. Detrás, acecha la muerte con su guadaña. Aquí la supervivencia tiene una interpretación ambivalente: la supervivencia material si se atiene al arte convencional y sin compromisos, postura que a la vez implica poner en la picota su propia supervivencia como creador y artista. A decir de muchos críticos, esta obra marca la entrada de lo deontológico a la plástica cubana.

Para referirnos a esta obra, sería válido tomar las palabras de la persona que mejor lo conoció: Graziella, su única hija. “El Intelectual tiene desde mi punto de vista, mucho de confesión personal. (…) El hombre es todavía dueño de un espacio, pequeño sin dudas, el de su tarea, el de su conciencia, el de su responsabilidad. Ahí habrá de librar su combate. En ese, uno de sus últimos cuadros, había quizás también algo de premonitorio. Muy pronto, obligado a renunciar a la pintura, en la máquina de escribir continuaría su oficio de soledad y de búsqueda de comunicación.” 4

Un año después, en 1938 la vida le quitó el más preciado de los sentidos para los pintores: la vista. Pero otra vez enfiló a Rocinante contra los molinos y cambió su pincel mellado por el destino, por la pluma.

En abril de 1939, el plomo alemán que amenazaba París lo obliga a regresar a Cuba acompañado por su hija, donde permanecerá con algunas intermitencias hasta 1961. Luego parte hacia México y regresa enfermo en 1986 al país de sus amores, donde nació y murió dos años después.

Su obra, además de trascender en su aspecto conceptual pues se inscribe como una vertiente excepcional dentro de la vanguardia plástica cubana, también destaca por el uso de formas nuevas y sobre todo, por el empleo del color de manera más funcional que decorativa. Sus cuadros destilan una constante y enriquecedora lucha entre emoción y racionalidad.

No obstante, la trascendencia de Marcelo Pogolotti va más allá de la valoración aislada de su obra pictórica. Su propia existencia, la obsesión por el suelo donde nació y en el que apenas vivió, lo convierten en una figura digna de admirar. A pesar de su incesante revolotear por el mundo, Pogolotti no fue un desarraigado y nunca titubeó a la hora de pronunciar el nombre de su patria. A esto debe sumarse su vasta cultura, al servicio de un pensamiento antidogmático, libertario y comprometido que supo salvar los numerosos obstáculos que le puso la vida, o tal vez la muerte.

Y es que “la verdadera clave de toda aventura está en asumir la existencia con pasión, en hacer de lo cotidiano, en hacer de la hazaña del hombre, fuente permanente de curiosidad y descubrimiento.” 5

A más de un siglo de tu natalicio, nos encontramos en el compromiso de decirte: Gracias Marcelo, por empeñarte en ser CUBANO. Gracias Pogolotti, por negarte a morir.


NOTAS:
1 Yañez Pérez, Leticia, 2007. “A propósito del ochenta aniversario de la vanguardia pictórica cubana” EN: La Gaveta. Revista de Arte y Literatura. No. 18. Año VIII. Septiembre-Diciembre. Pinar del Río, pp. 4- 24.
2 Pogolotti, Graziella, 1990. “Marcelo Pogolotti, todavía desconocido” EN: Revolución y Cultura. No. 3. Marzo. La Habana, pp. 32- 39.
3 Cairo, Antonio, s/a. El mundo pictórico de Marcelo Pogolotti. (Documento digital)
4 Pogolotti, Graziella, 1990. “Marcelo Pogolotti, todavía desconocido” EN: Revolución y Cultura. No. 3. Marzo. La Habana, pp. 32- 39.
5 Idem.






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