Juan Eduardo Cirlot / ROTHKO Y SCRIABIN: PARALELOS ENTRE COLORES Y SONIDOS

Autor:
Juan Eduardo Cirlot
Mark Rothko. Untitled, 1948Mark Rothko. Untitled, 1948




Procedimiento tradicional ya en la estética y en la filosofía del arte es la comparación entre obras de diferentes artes. Con todo, esta comparación resulta menos hacedera, por menos evidente, cuando se trata de pintores y músicos, por ejemplo. La idea de que la música es un arte estrictamente temporal, defendida por Strawinsky, quien denomina a la música "art chronique", y de que la pintura es un arte del espacio, parece la principal muralla alzada entre ambos dominios, impidiendo su acercamiento.

Hay las leyes de analogía, desde luego, que permiten establecer paralelos a pesar de todo entre colores y sonidos, por los sentidos comunes que pueden tener y que se expresan por los calificativos que se les aplican: altos, graves, agudos, sordos, fríos o cálidos. Pero, aparte de otro modo de relación: el estilístico, que se limita al establecimiento de amplios e imprecisos marcos culturales (lo barroco, lo romántico, lo renaciente), no se han logrado determinar mayores precisiones en el acercamiento.

Cabe que en el arte contemporáneo, por su especialización e incluso fanatismo, por su determinación en un modo e intención, pueda conseguirse algo más concreto. Al menos, esto nos parece en cuanto al caso de un compositor y de un pintor, no exactamente coetáneos, pero desde luego inmersos en la misma trayectoria de pensamiento, en el mismo "compromiso" ético e ideológico. El músico, Alexander Nicolaevitch Scriabin (1872-1915), murió poco antes de que la Revolución comenzara a transformar su patria y civilización. Adepto a un simbolismo más profundo que programático, tras un período de admiración y confesadas influencias de Chopin y de Wagner, penetró en una región autónoma, en un arte de rara originalidad, de idealismo exacerbado, cuyas muestras más altas son posiblemente el poema pianístico "Hacia la llama" y "Prometeo, poema del fuego", para orquesta y coro, compuestos entre 1909 y 1914, es decir, en su último período.

El pintor, Mark Rothko (1903), norteamericano, recorrió en éxtasis Italia y admiró sobre todo a fray Angélico, por sus gamas de color, que a veces trasladaba a la abstracción con sutiles intensificaciones. Tras una etapa de contaminación surreal, hacia 1945 - 47 encontró un concepto puramente plástico, de manchas ígneas y contrastadas, sobre fondos fundentes, caliginosos o sordos. Concepto que fue purificando hasta convertirlo, hacia 1950, en sus composiciones casi invariantes, verticales, con superposición de dos o tres zonas de color, sobre un fondo del que sólo dejan ver ardientes y finas, estridentes líneas de ruptura. Rothko busca en el matiz efectos disidentes (rosa, rojo, anaranjado; o violáceo, azul y verde, etc.). y sus más logradas imágenes consiguen dar al contemplador la noción de un fuego en vilo. De un "fuego", primer contacto con Scriabin. Luego vienen otros.

Primeramente, que Scriabin se propuso como una de las metas de su técnica (acordes de cuarta, falsas relaciones, dominante perenne), aniquilar ese movimiento que parece ser la base de la música, arte del tiempo, "art chronique", recordémoslo. Y Rothko también deshace cualquier referencia al movimiento en sus obras, de un estatismo absoluto. En segundo lugar, Scriabin basó sus composiciones menos en un tema que en un acorde para cada obra, principio germinal de la misma, que denominó "acorde místico". ¿Qué son las composiciones pictóricas de Rothko sino gigantescos acordes visuales, superposiciones —como las notas en la armonía— de tres o cuatro colores?
En tercer lugar, el «empleo constante de matices contradictorios en Rothko es el exacto paralelo, la transposición a pintura, de la "falsa relación" musical (do-do sostenido = amarillo-anaranjado). Esta comunidad de principios espirituales y técnicos, pero sobre todo la identidad en la fuga arrebatada, en el acento de huida hacia el más allá, hermana a Scriabin y Rothko, hermandad que se aclara algo más cuando nos enteramos de que Mark Rothko es, en realidad, tan ruso como Scriabin, puesto que nació en Dvinsk y sólo se trasladó con su familia a América en 1913, cuando tenía diez años. Esta coincidencia no sería necesaria, en el fondo, pues los parentescos estéticos están por encima de los arcanos de la raza y de la sangre, pero en todo caso es-una "prueba adicional" que no desdeñamos.

Y la noticia más profunda sobre el sentido de las búsquedas coincidentes de ambos artistas se la debemos al inglés Cyril Scott, que, en un libro reciente sobre esoterismo de la música, dice que la "falsa relación" y, por consiguiente, el acorde disidente de colores, es el medio más eficaz para romper el orden lógico y penetrar en el místico, accediendo a ese universo de llamas que los líricos persas identificaron con su "Paradesha".






Fuente: La Vanguardia, 24 agosto 1963.




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