Tera Blanco de Saracho / CANTAR LO NO CANTABLE: UNA POÉTICA ENIGMÁTICA EN JOSÉ ÁNGEL VALENTE

Autor:
Tera Blanco de Saracho







Cada vez tengo más claro que la poesía es muy oscura, que hay un juego entre claridad y oscuridad y que sin una inmersión en esa materia oscura, la poesía no existe.
José Ángel Valente





1. La libertad

El día de la Epifanía de 1975 José Ángel Valente escribió a María Zambrano una tarjeta con la que acompañó el envío de tres concisas y precisas reflexiones escritas sobre la naturaleza de la palabra poética. El primero de estos tres breves textos, titulado “La propuesta de la esfinge”, contiene la siguiente definición de poema: «El poema […] antes que signo es aparición, enigma, enigma de soluciones infinitas, multiplicador de sentidos, el poema es superior a todos sus sentidos posibles»[1] . Con esta misma desbordante libertad creadora con que define al poema, había definido en otra ocasión Valente al hombre: «cumplirse es devorar la propia libertad» [2]. El hombre y el poema se parecen, pues, en ese deseo, en él se identifican, y así, como nos recordaba el poeta siguiendo el célebre y enigmático palíndromo pompeyano: «el creador contiene la obra, la obra al creador (Sator opera tenet opera sator.)»[3].


2. Lo oscuro

La relación entre poema y enigma la encontramos ya en Aristóteles. Este autor propone en su Poética una concepción negativa de enigma, pues este sería un alejarse de la excelencia en la elocución: «la excelencia de la elocución consiste en que sea clara sin ser baja. Ahora bien, la que consta de vocablos usuales es muy clara, pero baja […]. Es noble, en cambio, y alejada de lo vulgar la que usa voces peregrinas; y entiendo por voz peregrina la palabra extraña, la metáfora, el alargamiento y todo lo que se aparta de lo usual. Pero si uno compone todo de este modo, habrá enigma o barbarismo; si a base de metáforas, enigma; si de palabras extrañas, barbarismo»[4].

El enigma es para Aristóteles el resultado de un exceso cometido por el poeta al acumular sucesivamente metáforas que dificultarían la comprensión del poema, es decir, su claridad. La preocupación de Aristóteles por el enigma es fundamentalmente discursiva, es una cuestión de estilo, pero partiendo de ella podemos llegar a otro lugar: si, como señala el pensador, «la esencia del enigma consiste en unir, diciendo cosas reales, términos inconciliables»[5], el discurso enigmático nos permitiría acercarnos de una forma nueva a la realidad y, tal vez, descubrir una nueva realidad, una realidad oculta. De ahí que el poema sea para Valente enigma y “aparición”, aparición de lo oculto. Tomemos como ilustración los versos finales del poema “A los dioses del fondo”[6] :

                     Hay un lenguaje roto,
                     Un orden de las sílabas del mundo.

                     Descífralo.

                     Porque algunas de sus palabras
                     Asaltarán tu sueño, Agone,
                     Para no gemir
                     Eternas
                     En lo oscuro.

“Descífralo” acaso quiera decir “libéralo”, libera el orden del mundo, los sentidos, las sílabas, las palabras que te asalten, que aparezcan, libéralos de lo oculto, de lo oscuro. La escritura o lectura de un poema es un ejercicio de liberación y de libertad. En palabras del ensayista y poeta norteamericano Ralph Waldo Emerson: «el uso de los símbolos tiene cierto poder de emancipación y euforia para todos los hombres. Parece que nos haya tocado una varita mágica, y bailamos y correteamos felices de un lado para otro igual que niños. Somos como el que sale de una cueva a cielo abierto. He aquí el efecto sobre nosotros de tropos, fábulas, oráculos y todas las formas poéticas. Los poetas, pues, son dioses libertadores. Los hombres han hallado en verdad un sentido nuevo; y dentro de su mundo, otro mundo o multiplicación de mundos. Pues, una vez vista la metamorfosis, adivinamos que no parará»[7]. Tal vez la multiplicación de mundos y la metamorfosis imparable de Emerson equivalgan al enigma multiplicador de sentidos y a las soluciones infinitas del enigma de Valente. De esta y otras formas devora el poeta su propia libertad.

Volviendo a Aristóteles, decíamos que el enigma plantea relaciones imposibles partiendo de términos reales y que esto se consigue a través de la metáfora. Precisamente “metáfora” significa, en su etimología, “llevar más allá”. Crear o comprender una metáfora implica, por tanto, ver más allá, ver lo que, de hecho, no se ve. Así lo explica María Zambrano en Notas de un método: «La grandeza de una cultura quizás se aparezca en las metáforas que ha inventado, si es que las metáforas se inventan. Ya que todo lo que el hombre hace tiene además del sentido primario otro sentido, por lo menos, más oculto y recóndito que luego salta y se manifiesta. Y así sucede igualmente con lo que mira y discierne, con lo que fija su atención. Nada es solamente lo que es»[8]. El poeta, sabiendo esto, escribe:

Siempre pensé que escribir era entrar en el hondo misterio de lo no visible. […] Secreta naturaleza del no ver. Tentar. Entrar a tientas en los oscuros corredores donde todo hallazgo es, a la vez, infinitamente posible e imposible. “¡Oscuridad, mi luz!”, decía Edipo ya autocegado.[9]



3. La experiencia

El misterio o el enigma que el poeta percibe no es algo extraño a la vida, algo distinto de ella, sino lo mismo: el misterio nace de la propia experiencia de la vida. Veronique Klauber, en su descripción del enigma como forma literaria[10], señala que el origen de los enigmas se encuentra, fundamentalmente, en las situaciones vividas. Del mismo modo considera Valente la experiencia vital como materia enigmática y poética:

La experiencia como elemento dado, como dato en bruto, no es conocida de modo inmediato. O, dicho de otro modo, hay algo que queda siempre oculto u ocultado en la experiencia inmediata. El hombre, sujeto de una compleja síntesis de la experiencia, queda envuelto en ella. La experiencia es tumultuosa, riquísima y, en su plenitud, superior a quien la protagoniza. En gran parte, en parte enorme, rebasa la conciencia de éste. Sabido es que los grandes (felices o terribles) acontecimientos de la vida pasan, suele decirse, “casi sin que nos demos cuenta”. Precisamente sobre ese inmenso campo de la realidad experimentada pero no conocida opera la poesía. Por eso toda poesía es, ante todo, un gran caer en la cuenta.[11]

.
Así, considerando la literatura más allá de los géneros, las generaciones y los estilos, podemos decir que toda literatura es poesía de la experiencia, poesía de la vida. Por eso el poema siempre “es superior a todos sus sentidos posibles”, porque todos los sentidos que nos llegan del poema nos devuelven siempre a la vida, y la vida, como nos recuerda el poeta Claudio Rodríguez Fer, «no se escribe»[12].
Veronique Klauber explica, también, que en la mayoría de los casos las experiencias sólo resultan enigmáticas para el que las ha vivido, de ahí que el enigma aísle, provoque inquietud y desorientación y haga que la persona que se enfrente a él perciba de la realidad una nueva dimensión. Valente concibió esta percepción inédita de la realidad como una incursión solitaria en territorio límite o fronterizo:

El poeta, en cuanto tal, no pertenece ni a la ciudad ni al ágora. Platón no le daba lugar en ellas. La palabra poética resuena intramuros, pero viene de un lugar exterior a los prágmata: viene de los límites o fronteras de lo humano –“canto de la frontera”–, viene del desierto, lejos de la ciudad, donde el hombre lucha solo –pero solidariamente– con los dioses y con los demonios.[13]


Esa lucha solitaria pero solidaria une al poeta con el conjunto de la humanidad presente, pasada y futura porque es un acto donde el hombre toma conciencia de sí mismo y, de este modo, al revelarnos la singularidad de su experiencia, al descubrirnos la naturaleza íntima de su experiencia, nos aproxima a la naturaleza íntima del mundo:

El poema conlleva la restauración plenaria o múltiple de la experiencia en un acto de rememoración o de memoria, en el que los tiempos divididos se subsumen, pues toda experiencia así rememorada en su sentido, proyectada de una sola a muchas vidas, vuelve a urdir en potencia toda la trama de lo memorable desde su origen.[14]



4. La palabra original

Entre los tres textos que Valente envió a María Zambrano en aquel día de la Epifanía de 1975, se encuentra el fragmento titulado “Sentido y pre-sentido”, que contiene la siguiente consideración:

La palabra poética es pre- o supralógica; ningún significado la predetermina. Dar a la palabra “un sens plus pur” es devolverla a su pura aparición, impredeterminable por ningún sentido antepuesto.


Arthur Terry, en su ensayo “José Ángel Valente y la palabra del origen”, relaciona esta búsqueda de la palabra original con el deseo de cuestionar cualquier clase de dogmatismo. La “pura aparición” de la palabra poética vendría a ser la pura aparición de la libertad en el lenguaje. Recordemos que el punto cero, clave central de la poética de Valente, señala el punto donde la palabra otorga al lenguaje infinita libertad. Así puede el enigma, tradicionalmente interpretado como fórmula de expresión cerrada y oscura, abrirse en Valente a la luz de las soluciones infinitas:

Esa palabra inicial que dice el principio o el origen es, por eso mismo, la sola palabra que hace posible todo engendramiento. «Palabra -dice María Zambrano- que no es concepto, pues es ella la que hace concebir.» Sólo gracias a esa palabra lo concluso o lo ocluido se abre y la forma reingresa perpetuamente en la formación. […] De ahí que -desde la tradición hebrea a la que antes nos referíamos- esa palabra, anterior a la significación, esté grávida o preñada o encinta de todas las significaciones posibles.[15]


André Jolles, al analizar la forma enigmática de la adivinanza en su ya clásico estudio, Formas simples, señala que lo que caracteriza lingüísticamente a esta tipo de expresión es el uso de una “lengua especial”. Para explicar el concepto de lengua especial recurre a la siguiente cita de Porzig: «la lengua especial restituye el sentido de las cosas, su imbricación interna y su significación profunda; contiene, por eso, tanta variedad de sentidos como el universo visto desde el interior»[16]. Jolles ilustra esta idea partiendo del concepto de ‘pie’, que en la lengua común designa a una parte del cuerpo humano con una forma determinada. En la lengua especial, sin embargo, la palabra ‘pie’ no se refiere sólo al pie del hombre sino que puede designar también el “pie de una montaña”. Esta transposición es posible gracias a que la lengua especial trasciende el aspecto fenoménico del concepto y se centra en su esencia: pie es aquello que lleva o sostiene algo, sea este algo un hombre o una montaña. El uso que la lengua especial hace de la palabra ‘pie’ permite crear la siguiente adivinanza: « ¿Qué es lo que tiene un pie y no sabe andar?». El mecanismo poético de la adivinanza consistiría, pues, en crear un mensaje que debe su sentido a la lengua especial y su apariencia externa a la lengua común. Si consideramos, entonces, que la lengua especial contiene tantos sentidos como el universo visto desde el interior, la adivinanza o enigma contendría, bajo la forma cerrada de la lengua común, un universo infinito de sentido.


5. Edipo

Mucho tiempo separa la escritura de dos poemas de Valente que tienen como referencia la figura de Edipo, descifrador del enigma de la Esfinge y paradigma del autoconocimiento trágico. Nos referimos, en primer lugar, al poema “Bajemos a cantar lo no cantable”, incluido en Breve son (1953-1968)[17] :

                    Bajemos a cantar lo no cantable,
                    propongamos al fin un edipo al enigma,
                    un trompo al justiciero general de a caballo,
                    una falsa nariz al inocente,
                    pan al avaro,
                    risa al cejijunto,
                    al astado burócrata una enjuta ventana
                    con vistas al crepúsculo,
                    al rígido bisagras,
                    llanto al frívolo,
                    gladiolos al menguado,
                    tenues velos al firme,
                    un ángel mutilado al siempre obsceno,
                    falos de purpurina a las dulces señoras,
                    y soltemos al gato con latas en el rabo
                    del coro al caño, del caño al coro,
                    del coro al caño.


En este primer poema, la figura de Edipo es subversiva. Lo es en el poema como lo era en el mito. Edipo puede rebelarse y revelar porque fue, en origen, un niño salvaje. Abandonado al nacer en un monte para morir, el monte lo salva y así, como señalan Mauricio Bettini y Giulio Guidorizzi, «rechazado por la cultura, el recién nacido es nuevamente generado por la naturaleza, salvaje para todos, pero benigna para él […]. El doble nacimiento confiere al recién nacido un excedente de poder y hace de él un ser con dos caras, hombre y animal al mismo tiempo. Él no se integrará completamente en la civilización humana, ni siquiera se convierte en rey, será siempre un hombre en parte marginal, un ser que justamente por ese motivo sabe interpretar las voces de los animales y por ello es capaz de comprender la pregunta de la Esfinge, animal parlante. Precisamente, su origen salvaje le llevará a violar las dos normas fundamentales de la sociedad humana que lo había alejado de sí: parricidio e incesto»[18] .

Edipo responde a la Esfinge, canta lo no cantable, entra en la tragedia y la vive para que nosotros podamos conocerla y superarla. A este movimiento que va desde la tragedia hasta la libertad por la catarsis alude Valente en el siguiente fragmento:

Parece naturaleza del héroe trágico romper con su sacrificio los condicionamientos históricos que le han dado existencia para abrir una nueva posibilidad temporal, una nueva expectativa humana: un nuevo pacto (Orestes), un nuevo conocimiento del hombre (Edipo), una nueva órbita de la libertad (Antígona). El tiempo de la tragedia es el tiempo de la esperanza; el ritmo sangriento de la tragedia es un movimiento de optimismo. Por eso podemos asumir, solidarios, el sacrificio trágico.


El segundo poema se titula “Centro”[19]. Se trata de uno de los últimos poemas del último poemario escrito por Valente, Fragmentos de un libro futuro (1991-2000). En él, el joven y subversivo edipo de “Bajemos a cantar lo no cantable”, ha dado paso a un anciano Edipo que lee, cegado, los poemas de su vida y encuentra en ellos la clave final de su enigma:

                    Y todos los poemas que he escrito
                    vuelven a mí nocturnos.
                    Me revelan
                    sus más turbios secretos.
                    Me conducen
                    por lentos corredores
                    de lenta sombra hacia qué reino oscuro
                    por nadie conocido
                    y cuando ya no puedo
                    volver, me dan la clave del enigma
                    en la pregunta misma sin respuesta
                    que hace nacer la luz de mis pupilas ciegas.

Toda la materia oscura de su poesía se reúne y brilla con cegadora lucidez ante el poeta. Es la luz sin retorno del conocimiento. « ¡Oscuridad, mi luz!».


6. Lo no descifrable

Más allá de la luz y de la oscuridad, comenzaría el dominio de lo no descifrable, allí donde acaso, a decir del poeta, somos Nadie:

FLOTAR en la incierta realidad del ser, tentar a ciegas lo improbable, no tener asidero en tanta sombra. Los cuerpos de los ahogados en la mar meditan boca abajo, pero no ven el fondo con los ojos vacíos. El anciano volvió con una antorcha e iluminó los barcos naufragados. Se alzó desde la noche un coro en una lengua imposible de interpretar. Ésta es la verdadera canción, pensaste, y luego te fuiste diluyendo, despacio, muy despacio, en lo no descifrable.
                                                                                 (Nadie)[20]


Los ahogados en el mar y el anciano con la antorcha de este poema de Valente nos recuerdan su traducción de “Tubinga, enero” de Paul Celan[21], poema inspirado en las únicas, enigmáticas e indescifrables palabras que Holderlin repitió continuamente durante los últimos días de su vida: «Pallaksch, Pallaksch».

                    A la ceguera per-
                    suadidos ojos.
                    Su - «un
                    enigma es
                    manantía pureza» - su
                    recuerdo de
                    flotantes hölderlinianas torres en
                    un vuelo circular de gaviotas.

                    Visitas de carpinteros ahogados con
                    estas
                    sumergidas palabras:

                    Viniera,
                    viniera un hombre,
                    viniera un hombre al mundo, hoy, llevando
                    la luminosa barba de los
                    patriarcas: debería,
                    si de este tiempo
                    hablase, de-
                    bería
                    tan sólo balbucir y balbucir
                    continua, continua-
                    mente.

                   («Pallaksch, Pallaksch.»)


NOTAS

[1] Una parte del texto de “La propuesta de la esfinge” aparecería reproducido más tarde a modo de aforismo en el libro Notas de un simulador.
[2] Valente [2008: 166]
[3] Valente [2008: 460]
[4] García Yebra [1974: 208]
[5] García Yebra [1974: 209]
[6] Valente [2006: 295]
[7] Emerson [2009: 238]
[8] Zambrano [1989: 119]
[9] Valente [2008: 1611]
[10] Klauber [1997: 242]
[11] Valente [2008: 41]
[12] Rodríguez Fer [1997: 79]
[13] Valente [2008: 468]
[14] Valente [2008: 82]
[15] Valente [2008: 304]
[16] Jolles [1972: 114]
[17] Valente [2006: 258]
[18] Bettini y Guidorizzi [2008: 78]
[19] Valente [2006: 580]
[20] Valente [2006: 553]
[21] Valente [2006: 658]


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

BETTINI, Maurizio y Giulio GUIDORIZZI (2008), El mito de Edipo: imágenes y relatos de Grecia a nuestros días, Akal, Madrid.
EMERSON, Ralph Waldo (2009), Obra ensayística, Artemisa Ediciones, Valencia.
GARCÍA YEBRA, Agustín (1974), Poética de Aristóteles, Gredos, Madrid.
JOLLES, André (1972), Formes simples, Editions du Seuil, París.
KLAUBER, Veronique, (1997), “Énigme”, en Dictionaire des genres et notions littéraires, Enciclopedia Universales et Albin Michel, Paris.
RODRÍGUEZ FER, Claudio (1997), A unha muller descoñecida, Sociedade de Cultura Valle-Inclán, Ferrol.
VALENTE, José Ángel (2006), Obras completas I. Poesía y prosa, Galaxia Gutemberg, Barcelona.
— (2008), Obras completas II. Ensayos, Galaxia Gutemberg, Barcelona.
ZAMBRANO, María (1989), Notas de un método, Mondadori, Madrid.





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