Alexis Brito Delgado / JINETES EN LA TORMENTA

Autor:
Alexis Brito Delgado
© C. Dolores Escudero© C. Dolores Escudero





        ¿Qué se siente cuando uno se aleja de la gente y ésta retrocede en el llano
          hasta que se convierte en motitas que se desvanecen?

Jack Kerouac



1

Hace años descubrí que la gente no cambia, sólo evoluciona; el ser humano es demasiado imperfecto para dejar sus costumbres atrás. Ausente, levanté la vista del libro que estaba leyendo –Las Iluminaciones de Rimbaud– y contemplé a mis compañeros de clase. Como siempre, me sentí a un millón de kilómetros de distancia de ellos: no teníamos nada en común. Estaba sentado al fondo del aula, en un islote imaginario que me aislaba de mis semejantes, sin querer entablar contacto con nadie. Para bien o para mal, era el bicho raro oficial del rebaño; aquél que no se relacionaba con terceros y leía a poetas franceses que ninguno (ni siquiera los profesores) conocían. Con una mirada inquisitiva, analicé a un grupo de chavales uniformados de idéntica manera, con gorras y ropas de deporte, como si fueran raperos americanos o algo por el estilo. Su mentalidad e intereses eran exactamente iguales, parecían gotas de agua; nada los diferenciaba entre ellos. Sus ridículas conversaciones llegaron a mis oídos: fútbol, coches, chicas, programas de televisión. Durante un momento, me pregunté si alguno de ellos habría leído un libro o si experimentaban deseos que se salieran de lo convencional. Desgraciadamente, eran felices en su ignorancia, no veían más allá de sus narices; se conformaban con lo que tenían. No podía negar que los envidiaba: ninguno estaba en conflicto consigo mismo ni era un marginado. Aquel destino era mi condena particular: no encajaba en ninguna parte y era consciente de ello. Unos minutos más tarde, cuatro o cinco chavalas regresaron del recreo, tocándose en pelo y riendo estúpidamente, charlando con sus repugnantes vocecillas agudas. Vestían a la moda, pantalones piratas y tacones de aguja, idénticos y superficiales como los maniquíes que adornaban los escaparates de Zara o Mango. Estiré las piernas sobre la mesa y crucé los dedos detrás de la nuca: la idea de hacer limpieza en aquel antro con una escopeta de corredera cruzó por mi mente. Aunque me molestara admitirlo, era un individuo sociable y extrovertido, me encantaba relacionarme con los demás, pero aquellos borregos, al igual que los cretinos de mi barrio, me rechazaban cuando intentaba aproximarme a ellos. Dolía saber que la amistad que podía ofrecer nunca sería apreciada. Una punzada de amargura taladró mi corazón y me obligó a tragar saliva: los odiaba tanto como me aborrecía a mí mismo. Asqueado, volví a las páginas del libro, luchando por borrar mis emociones y encontrar consuelo en las palabras que había escrito un muchacho con el que me identificaba al cien por cien. A través del rabillo del ojo, distinguí a una de mis compañeras señalándome y llevándose un dedo a la cabeza: para ella, leer era sinónimo de locura. ¿Por qué no me dejaban en paz? Mi único deseo era pasar desapercibido y no llamar la atención, pero si no te adaptabas a la mediocridad de la mayoría, te trataban como un apestado. La ira burbujeo en mi interior: estaba harto de que aquellos idiotas se rieran de mí. Por ello me refugiaba en la literatura: era la única manera de es-capar del ambiente detestable donde me había tocado vivir. Por último, hicieron acto de presencia Ezequiel y Gema, la pareja pastel de la clase, que llevaban saliendo desde principios de curso. Ezequiel era buena gente, siempre me había tratado con respeto, iba a su rollo y no se metía en los asuntos de nadie. Gema en cambio me caía fatal, solía mirarme por encima del hombro, con una actitud estirada y relamida que me provocaba náuseas. Entre arrumacos, ambos recorrieron la clase de un extremo a otro, comiéndose a besos por el camino. Aquel acto me recordó mi propia soledad, tenía 16 años y ninguna chica se mostraba interesada en mí; para ellas era una especie de alienígena del espacio exterior. Cada vez que había intentado salir con una fui rechazado de la manera más cruel posible. ¿Por qué? Supongo que era el precio que tenía que pagar por no ser estereotipado: un tatuaje barato, un pendiente en la oreja, o un coche en el parking del instituto hubiera subido mi (inexistente) caché. Me encogí de hombros: debajo de todo aquel maquillaje y rímel sólo había un escenario vacío. Probablemente todas terminarían casadas con un perdedor, viviendo una existencia mediocre en una barriada, echando al mundo unos hijos que al alcanzar la mayoría de edad las odiarían profundamente. La entrada de Andrés, el profesor de matemáticas, me obligó a desligarme de mis elucubraciones. Me esperaba otra lección, insoportable y aburrida, que no me auxiliaría a solucionar mis dilemas personales.


2

Al llegar a casa me quité la chaqueta y arrojé la mochila sobre el sofá: me encontraba tan deprimido que tenía ganas de llorar. Frente al espejo del salón, estudie mis facciones afiladas, coronadas por un cabello castaño con la raya a la izquierda. Sin desearlo, tuve ganas de estallar mi cara contra la superficie de mercurio: detestaba el rostro con el que tenia que convivir a diario. Mi madre había dejado una nota sobre la zapatera:

Quítate los zapatos cuando entres. Tienes la comida en la nevera. Caliéntala y procura no ensuciar nada. Cuando friegues la loza ten cuidado de no salpicar los cristales de la ventana.

Desalentado, rompí el papel en mil pedazos y lo arrojé al cubo de la basura de la cocina: se me había quitado el apetito. No solo tenía que soportar a unos compañeros mediocres y a unos profesores inútiles en mi vida pública; al llegar al hogar me esperaba una mujer neurótica y amargada, cuyo amor era tan grande como su afán por la limpieza. La vivienda a oscuras, silenciosa y gélida, parecía un erial. La vieja siempre tenía las persianas corridas para que no entrara el polvo. Una impresión de ahogo me obligó a dirigirme a la ventana y abrirla de par en par. Una corriente de aire cortante me golpeó la cara. Enfrente, debajo del edificio, la visión del solar cubierto de escombros y coches desguazados, me causó un nudo en el estómago. Estaba atrapado y no tenía ningún lugar a donde huir. A doscientos metros de distancia, cerca de un muro cubierto de grafitis, una docena de kinkis haraganeaban en una esquina, fumando porros y comprobando la cilindrada de sus motos. Furioso, cerré los postigos de golpe y fui a mi habitación; el mundo que me circundaba acabaría conmigo. Me quité los zapatos y me tumbé boca arriba sobre la cama; deseaba aniquilar el universo que me rodeaba. Una hora más tarde, continuaba nervioso y despierto, con la mirada clavada en el techo, sin encontrar las respuestas que demandaba. Anhelaba abandonar mi cotidianidad, huir lejos del mundo que conocía, cambiar de piel como si fuera un camaleón. Una bilis pastosa formó una apretada masa de acero en mis entrañas: quizá la muerte fuera la liberación que tanto necesitaba. Rechiné los dientes y apreté los puños hasta que me dolieron los dedos: tenía que haber muerto al nacer; la angustia y la desazón de existir me resultaba intolerable. Finalmente, regresé a la sala y encendí la tele: no me apetecía leer y mucho menos escribir; de no distraerme terminaría cometiendo una locura. Hice zapping, ignorando la telebasura habitual, hasta dar con la VH-1 americana. Justo en aquel instante, empezaba un videoclip; la música y las imágenes me dejaron clavado en el sillón.

                                Love me two times, baby
                                   Love me twice today
                                 Love me two times, girl
                                       I’m going away
                                 Love me two times, girl
                                      One for tomorrow
                                      One just for today
                                    Love me two times
                                     I’m going away…



La visión del cantante, cabello largo y azabache, forrado de cuero negro, actuando delante de las cámaras, atrajo toda mi atención. El mundo real desapareció por completo. El futuro y el pasado dejaron de tener importancia. Había encontrado una tabla de escape sin proponérmelo.


                                        Love me one time
                                         I could not speak
                                         Love me one time
                                  Yeah, my knees got weak
                                But love me two times, girl
                              Last me all through the week
                                      Love me two times
                                          I’m going away
                                     Love me two times
                                         I’m going away...


Cuando la canción terminó, una oleada de alivio recorrió mi anatomía, serenando las contriciones que me afligían. Volvía a encontrarme libre de impurezas, despierto y exultante; tenía que averiguar más cosas sobre aquella banda. Una sensación de poder llenaba mis fibras, era libre por primera vez en mucho tiempo, disfrutaba con la felicidad que anegaba mi corazón. La música, sin duda, había salvado mi alma.


                                Love me two times, babe
                                   Love me twice today
                                Love me two times, babe
                                  Cause I’m going away
                                  Love me two time, girl
                                     One for tomorrow
                                     One just for today
                                     Love me two times
                                       I’m going away
                                    Love me two times
                                       I’m going away
                                    Love me two times
                                      I’m going away...


3


Al entrar en la biblioteca, ignoré a los estudiantes inclinados sobre sus libros y me aproximé a la sección correspondiente de música. Aunque el instituto fuera una porquería, debía reconocer que tenía una buena colección de libros, básicamente todo lo que había leído durante los últimos tres años había salido de allí. No tardé mucho en encontrar lo que estaba buscando: “Jim Morrison/The Doors Dark Star” escrito por un tal Dylan Jones. Curioso, ojeé las fotografías diseminadas por todo el libro: de haber sido un joven delgado y atractivo, el cantante del grupo se había convertido en un hombre obeso, totalmente quemado por el circo del Rock And Roll. La cosa se ponía interesante: los perdedores siempre me habían resultado fascinantes. Los hombres rectos y familiares no tenían ningún interés para mí, prefería a los músicos y a los escritores malditos; un artista que se precie debe ser atormentado para tener algo que ofrecer al público. El acto creativo es una manera de desahogar las frustraciones personales, de encontrar un asidero cuando todo lo demás se hunde sin remedio; gente como Baudelaire o Bukowski eran el ejemplo perfecto de mi teoría. Una frase leída al azar avivó mi interés aún más:

Morrison fue el ratón de biblioteca más sexy que cogió un micrófono, era un lirista inspirado y uno de los símbolos pop más celebrados de los sesenta. Pero Morrison era también un enigmático cabezota, un bocazas pretencioso que se autodenominaba poeta y llevaba la máscara de borracho. Era el alcohólico impotente, el ídolo marcado. Era el rey, el artista consumado, el payaso petulante. Era demasiado inteligente, y, a menudo, demasiado estúpido para preocuparse por ello. Masoquista, sádico emocional, romántico incurable. Morrison era todas esas cosas. Pero en las camisetas no hay sitio para ninguna de ellas, nos dan sólo la imagen de un atractivo y conquistador animal sexual...

Después de firmar el parte correspondiente, salí al exterior y busqué un lugar tranquilo donde poder leer sin ser molestado. Crucé el patio de un extremo a otro, pasando por alto a los chavales que disputaban un partido de fútbol en la cancha. No me gustaban los deportes en grupo: nada me resultaba más absurdo que correr detrás de un balón de reglamento. Finalmente, alcancé lo alto de las gradas de cemento, me senté y abrí el libro: no era consciente de que mi vida cambiaría por completo a partir de aquel instante. Los minutos pasaron con rapidez, la sirena rompió la quietud de la mañana; era hora de volver a clase. Lo que había leído me resultaba interesante: la infancia itinerante de Jim Morrison, hijo de un padre militar, a lo largo de Estados Unidos, en la década de los 40, no cesaba de tener cierto atractivo. Entré en el aula y tomé asiento en mi pupitre: era el único chaval que se sentaba solo. La profesora de literatura entró por la puerta y me atravesó con la mirada: llevaba una revista de papel en la mano. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral: vislumbraba nubarrones en el horizonte. Después de hacer callar a la clase, cuando todos los alumnos estuvieron en su sitio, me dijo con voz despectiva:
—He leído su relato –comentó–. No sabía que usted escribiera.
Me mostré sarcástico:
— ¿Le gustó?
—La historia me ha parecido muy desagradable –acotó–. No entiendo cómo se la han publicado.
Me encogí de hombros.
—Hubiera podido escribir un relato de amor entre dos subnormales que se conocen en una playa –puntualicé–. Pero la idea de un asesino a sueldo me parecía mucho más interesante.
— ¿Se cree muy gracioso, verdad?
Aquella imbécil empezaba a irritarme.
— ¿Tengo cara de contar chistes?
La profesora se dirigió a toda la clase:
—Les recomiendo que lean el relato –repuso con cierta ironía–. Su compañero tiene un gran futuro como novelista.
—Estos capullos no han leído nada en su vida –intervine–. Dudo que lo entiendan.
Un murmullo airado salió de veinte bocas distintas:
— ¡Silencio! –exclamó la profesora–. ¡Cállense!
Solté una carcajada burlona.
—Menos mal que vivo en un país en el que existe la libertad de expresión. Si hubiera sabido que mi historia iba a causar tanto revuelo hubiese escrito un cuento sobre un estudiante que descuartiza a sus compañeros de clase con una motosierra.
— ¡Fuera de aquí! –bramó–. ¡Vaya al despacho del director!
Agarré mi mochila y me puse en pie.
—Por mí encantado. –Sonreí–. Sus clases me parecen una mierda.

Crucé el aula y cerré la puerta de golpe: pensaba fugarme del instituto y terminar la biografía de Jim Morrison. Lo que dijeran los profesores sobre mis escritos me traía sin cuidado. Si querían autómatas, que los buscaran en otra parte: pertenecer a la mayoría no entraba en mis planes.


4

Seis meses más tarde, después de haber pasado el verano trabajando como piscinero en un hotel, era un individuo totalmente distinto. Me había dejado crecer el cabello y vestía de negro de pies a la cabeza: la influencia de Jim Morrison me había cambiado la vida por completo. Por primera vez desde que tenía memoria era feliz conmigo mismo: mis traumas y aprehensiones de la infancia habían desaparecido sin dejar rastro. Destilaba una seguridad llena de mordacidad y arrogancia: estaba por encima de las convenciones sociales, de mis remordimientos particulares, y del bien y del mal; era un hombre totalmente nuevo. También, durante aquel tiempo, había tenido mis primeras experiencias sexuales. Para ser sincero, dado que llevaba aparatos en los dientes desde que tenía seis años, tenía la absurda idea de que era feo como un demonio. Nada más lejos de la realidad: era un joven sincero y apuesto, irónico hasta límites insoportables, que podía llevarse a la cama a la chica que quisiese. ¿Por qué había tardado tanto tiempo en percatarme de ello? La respuesta es fácil: vivía en un barrio de mierda, rodeado por gente mediocre, que era incapaz de comprender mis intereses o inquietudes espirituales. Gracias a Dios, al desligarme de mi entorno, descubrí un universo de posibilidades. Relacionarme con gente distinta de la habitual, salir de fiesta con la única intención de conocer chicas, escuchar buena música a todas horas, cambiar mi imagen y actitud, fue lo mejor que pudo haberme pasado. El Rock And Roll inundaba mis venas como una descarga de adrenalina a todas horas: nunca volví a experimentar una felicidad similar, ni antes ni después. Ahora, con la perspectiva del tiempo, después de diez años, todo ha cambiado.

Recién cumplidos los dieciocho, una oscura depresión se apoderó de mi vida, haciendo trizas todo lo que había logrado; jamás me perdonaré por haber sido tan estúpido. El problema, sin duda alguna, había sido que era demasiado inocente. Estaba en una ridícula etapa de expansión, deseaba relacionarme con mis semejantes, huir de la soledad que me había acompañado hasta entonces. Huelga decir que me equivoqué, las circunstancias me enseñaron lo frágil que era, tuve que luchar contra mis demonios particulares durante siglos, cosa que estuvo a punto de llevarme al suicidio. Jamás entenderé cómo demonios puedo ser tan autodestructivo: parece que disfruto tocando fondo, atormentándome. Pero todo eso pertenece ahora al pasado, ya no soy aquel muchacho joven e inseguro, de dientes torcidos y rodillas torcidas, que siempre hacía lo que su madre le ordenaba. Nunca volveré a sufrir de aquella manera, los golpes de la vida ya no me hacen tanto daño; tienes que volverte frío e insensible para salir adelante, de lo contrario, te pudres sin que nadie haga lo más mínimo por salvarte. Mi vieja personalidad está muerta y enterrada: no quedó ninguna opción desde que perdí la inocencia y el deseo de vivir así. Espero que los jinetes que me acechan bajo la tormenta continúen vigilando mis sueños.




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