Javier Galarza / LA ÉTICA DEL OTRO (ACERCA DE UN POEMA DE GONZÁLEZ TUÑÓN)

Autor:
Javier Galarza




   ...Esta voz es un mandato, el mandato de responder por la vida de otro hombre.
   No tengo el derecho de dejarlo solo en su muerte..

Emmanuel Levinas



Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa. Con esta frase, que parece continuar una reflexión cuyos contornos la tormenta no puede discernir, comienza Lluvia, tal vez uno de los mejores poemas escritos en lengua castellana; no sólo por cantar a la lluvia sino por hacerla caer en el poema –como aconsejaría tal vez Huidobro– con su tono bello y triste, con su fluir de monólogo enamorado.

«La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste
y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría»
.

El poema dedicado por el poeta a su amada, Amparo Mom, queda como testimonio que nos sobrevive cuando uno piensa en los cementerios abandonados.
Tuñón y Amparo han estado concernidos por el espíritu de la revolución, tocados por el destino de los otros, salvajes y poéticos como ya no hay. ¿Cómo no detenerse en el nombre de la mujer amada?: Amparo (refugio, protección, mar intrauterino, fluido amniótico, mujer).
Tuñón sobrevivirá a Amparo luego de su compartido itinerario de aventuras (dicho esto, de ser posible sobrevivir a un amor). Tal vez algo de esto hayan sabido Novalis después de su adolescente Sophie o Hölderlin tras la muerte de la atenea Diótima.
Pero me interesa detenerme un momento en unos versos de este poema:

« Oh visitante/ estoy lleno de tu vida y de tu muerte. Estoy tocado de tu destino »

Esto es ser en el silencio del otro, ser porque el otro nos dice, ser porque el otro habrá de callar; pues entre prisas y ternuras, los cuerpos preparan su silencio.

El amor es esa celebración transitoria de desconocernos y a través de ese desconocimiento, esa descentralización, esa deslocalización, reconocer al OTRO como OTRO.

Tuñón, que dará su interpretación personal de Rilke y Hölderlin en Las islas perdidas, pero recuerda al Rilke de las elegías que dice los amantes se ocultan uno a otro su destino, Lo fatal –diría Rubén Darío–, el destino de estar concernidos por la muerte.

Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban
...estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección...


Lluvia es un poema a la intemperie donde el otro me concierne como enigma deseado y deseante. El cuerpo libidinizado unido a la muerte, como el lenguaje al silencio, repentino mutismo de un cuerpo amado que inevitablemente invoca erotismo y muerte, Eros y Tánatos en pulsiones contrapuestas y complementarias. La ética es estar concernido por el otro. Implica una descentralización, un corrimiento, un emplazamiento que derroca al yo ególatra, narcisista y demandante. Es una posición que convoca a la escucha. Es parte de un arrebato que incluye al cuerpo en la Filosofía, tal como pedía Nietzsche.

Estoy tocado de tu destino es una bella imagen, además de una declaración de amor y una posición en el mundo. Implica que como mortales las mismas dudas nos conciernen en tanto mortales. El repentino silencio de un cuerpo amado con la lluvia como sonido de fondo.

Mi cuerpo mudo se abre a la delicada urgencia del rocío, escribió Pizarnik para explicar esa inminencia expectante previa a una caricia, esa disposición infinita, climática del cuerpo. Tuñón –a través de su vida agitada– parece haberse hecho errante para escribir un solo verso junto al credo rilkeano: Para escribir un solo verso es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas... Una dicha anónima, inaugural, fundacional, habita ese dar cuenta de Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño. Una tristeza anónima, inaugural, fundacional, habita al poeta que describe la lluvia al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores. (He pasado) ...de estar preocupado por tantas cosas que no me conciernen a estar concernido por tantas cosas que ya no me preocupan , escribió Nietzsche en su gran desasimiento (ese sin retorno que acaso contemplaron también Hölderlin, Artaud o Fijman) antes de llorar abrazado al caballo que un cochero azotaba y romper con el mundo. Antes de ese paso de ruptura queda el enigma del otro hablante: «jeroglífico sensible» en el decir de Octavio Paz.

Cuando veas a un hombre quebrado/ levántalo y cárgalo en tus brazos/ cuando veas a una mujer quebrada levántala y cárgala en tus brazos/ porque no sabemos quiénes somos/ ni de donde venimos, escribió la performer Laurie Anderson. Estamos concernidos por el otro.

Estoy tocado de tu destino… El ser humano y su desamparo infinito halla su ética y redención y hasta su dimensión política en el extraño, en su extravío y en el enigma insoluble del amor. ¿Qué es nuestra inocencia,/ qué nuestra culpa? Todos estamos/ desnudos, nadie a salvo... Esto es mortalidad, esto es eternidad... en versos de Marianne Moore.


LLUVIA
Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios
abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los
maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños
nombres.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la
lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura
de nuestra fatiga.
Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos
visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los
ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y
estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro
apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible
resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién
estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las
luces, los barcos y los horizontes.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero,
tan real, numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el
destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea
del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa,
que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y
yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo
siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al
caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar
sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los
automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de
nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.
La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y
acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima,
recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.

                                                            Raúl González Tuñón


Fuente: Página del autor




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