Miguel Arnas Coronado / LA MÁQUINA DE LANGUIDECER, de ÁNGEL OLGOSO

Autor:
Miguel Arnas Coronado



La máquina de languidecer
Ángel Olgoso
Editorial: Páginas de espuma.
Madrid, 2009
ISBN: 9788483930458
136 páginas. 14 €





En el año 2005 me pidieron, desde la dirección de una revista literaria granadina, que entrevistase a Ángel Olgoso, escritor, me dijeron, a lo breve, y Rector Magnífico del “Institutum Pataphisicum Granatensis”. Para que nos fuésemos conociendo, Ángel me obsequió con un buen número de sus cuentos, algunos de los cuales ya habían salido en forma de libro en ediciones locales y limitadas, impresos desde su ordenador. Pasé aquellas vacaciones navideñas maravillado con la impecable prosa de Olgoso.

Posteriormente mantuvimos la amistad. Glosar el libro de un amigo no obliga a nada si uno es honesto, porque si el libro es malo, o cuanto menos carente de importancia, basta con callarse. Por eso, que una editorial significativa como “Páginas de espuma”, especializada además en esta narrativa corta, publique el libro de un amigo es una alegría grande, y reseñarlo, más aún.

La tendencia a reducir los cuentos cortos, microrrelatos o simplemente relatos, a una mera cuestión de ingenio, de sorpresa, de ¡mira qué bonito!, es un error que puede conducirnos a asimilarlos al chiste. No niego la eficacia de ese ingenio, pero cuando se aúna con la filigrana prosística, con el peso ligero de un lenguaje bien utilizado, de unas imágenes que le hacen a uno degustar cada línea, cada frase, cada palabra, entonces nos encontramos ante la obra de arte, ante la belleza rotunda. Y el caso es que Ángel Olgoso posee esa capacidad de añadir al ingenio, arte.

Afirma que escribiendo y puliendo un relato de, quizá, media página, puede pasarse semanas. Soy testigo de que su última narración, aún inédita, un relato de unas treinta páginas, que ha entresacado de su trabajo, de su forcejeo, ha tardado más de medio año en lograrla. Con todo, debe quedar claro que eso no garantiza nada si no se contrasta el resultado, si viéramos que todo ese inmenso esfuerzo no llega a ningún lado. Por supuesto que no es así: sus relatos, y no hay sino ceñirse a los 100 de esta Máquina de languidecer, son admirables en su rara perfección. Me imagino a Ángel pulimentando sus cuentos como un joven y paciente judío, todo sombrero de fieltro, rizos a los lados y rezo en la mente, facetando en el scaife su diamante.

Su prosa es sensual, puede tocarse, olerse, degustarse, verse y oírse. Si cito un fragmento al azar, o casi, podrá entenderse mi afirmación: “Todo sería igual aunque el estremecimiento del hambre no abrasara mis vísceras, no dilatara de amarillo mineral mis ojos, no hiciera restallar mi lengua, no erizara de rugidos mis rojas fauces”. Puede temerse el babear de la fiera en estas frases de El demonio de Bengala, uno de esas 100 narraciones que integran el libro.

Hay una cierta unidad entre esos relatos porque la mayoría nos hablan del cuerpo, un cuerpo que se deteriora, que languidece. Pues los títulos son importantes para Olgoso. Un día me confidenció que tenía páginas y páginas de sólo títulos y que soñaba con un libro compuesto únicamente de ellos, como si éstos pudieran resumir aún más, pudieran comprimir la narración como aquel punto inicial, previo al Bing bang, contenía todas las galaxias, la materia y la no-materia, la energía y el peso.

Otro factor común de estos relatos es el ceñimiento al género fantástico. Pero atribuirle eso a Olgoso es como atribuirle catolicismo al Papa. “Me encuentro cómodo”, asegura en una entrevista hecha por José Abad en el periódico Granada Hoy, “con lo extraño y responde a mi percepción de lo real; porque no me interesa contar lo que le pasa todos los días a todo el mundo; porque el fantástico permite abolir el espacio y el tiempo, hacer posible lo imposible y escapar del repertorio limitado de la realidad…; porque la razón no agota las respuestas posibles…; me resulta mucho más nutritivo lo insólito que la áspera hogaza de la vida ordinaria”.

Su poética puede explicarse en este brevísimo, como casi todos los suyos, relato llamado Espacio, y que no está en La máquina de languidecer sino en Astrolabio, otro de sus inmensos diminutos libros, este publicado por la editorial Cuentos del Vigía: “Escribí un relato de tres líneas y en la vastedad de su espacio vivieron cómodos un elefante de los matorrales, varias pirámides, un grupo de ballenas azules con su océano frecuentado por los albatros y los huracanes, y un agujero negro devorador de galaxias. Escribí una novela de trescientas páginas y no cabía ni un alfiler, todo se hacinaba en aquella sórdida ratonera, había codazos y campos minados, multitudes errantes que morían y volvían a nacer, cargamentos extraviados, hechos que se enroscaban y desenroscaban como una tenia infinita, los temas eran desangrados a conciencia en busca de la última gota, no prosperaba el aire fresco, se sucedían peligrosas estampidas formadas por miles de detalles intrascendentes, el piso de este caos ubicuo y sofocador estaba cubierto con el aserrín de los mismos pensamientos molidos una y otra vez, los árboles eran genealógicos, los lugares, comunes, y las palabras pesados balines de plomo que se amontonaban implacablemente sobre el lector agónico hasta enterrarlo.”

Un día me dijo que él, esencialmente, era un idealista. En la página 86 del libro que aquí reseño está uno de sus mejores relatos, una de sus perlas más valiosas, una maravilla refulgente en su sencillez, su eficacia y también, claro, en su ingenio, pero un ingenio trascendente, donde no hallaremos la superficialidad que suele acompañar a esa característica que acostumbramos relacionar con el humor. Se llama Conjugación y dice así: “Yo grité. Tú torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos olvidarán”.

No se pierdan a Ángel Olgoso, y, desde luego, no les digo que no olviden su nombre porque no podrán olvidarlo. Él será uno de los pocos inmortales.




Subir